Levántate y anda

Mostrando entradas con la etiqueta crónicas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crónicas. Mostrar todas las entradas

sábado, 11 de abril de 2009

Aniversario



En el medio, entre el choque y mi nacimiento, o entre mi nacimiento y el choque, pasaron muchas cosas. Choques. En la Argentina se producen un promedio de 3281 choques por año. 273 muertes por año en accidentes automovilísticos. Somos la vanguardia del mundo. O mejor, como dijo Toni Negri en 2001 o 2002: somos el laboratorio del mundo. Una frase inquietante que en su momento me hizo feliz. En general los números mienten, pero si te ponés a preguntar un poco comprobás que todo el mundo tiene un choque en el placard. Un amigo que dormía y se despertó en una ambulancia en General Paz. La cicatriz de otra amiga. Un primo que salió volando por la ventana. La hermana de tu ex, desmayada con la nariz blanca de cocaína. Te lo cuentan mientras tiran ketchup sobre un cono de papas fritas, de madrugada, en la costa. No lo registrás. Pero después empezás a unir las piezas y cuando lo pensás un poco tenés el magma de una gran pesadilla colectiva que arrastra chapa abollada, pedazos de acrílico, ripio. Humo industrial que cubre animales y gente muerta, con los huesos al sol, huesos tibios en la noche, sal en las heridas. Tanta tecnología inservible y vos estás ahí, a punto de ahogarte, un árbol tapado por la inundación, o en un hospital de ruta, esperando por el certificado que te permita demandar a la compañía de seguros. Eso si no estás en la morgue. Pero no voy a hablar de las cosas que les hacen a los cuerpos en la morgue.
...

jueves, 19 de marzo de 2009

Resonancias y Manifiestos




Literatura de Combate


"Los manifiestos políticos terminaron mucho antes que El fin de la Historia de Fukuyama. Difícilmente regresen. La nostalgia, el rechazo, el cansancio de la queja y también, por qué no, una cerveza, sirvan de excusa para acercarse a escuchar a artistas y personajes de la cultura, dispuestos a decir lo que pocas o ninguna publicación cultural está dispuesta a publicar. Como el último martes, el día de la inauguración del Ciclo Manifiesto, donde el crítico cultural –sólo para resumir- Rafael Cippolini, la poeta Leonor Silvestri y el escritor y autor del blog Trabajos Prácticos, Esteban Schmidt, dejaron sentados manifiestos íntimos de quiénes son y también de los otros."


La nota completa en Ñ digital, acá.


Gracias Guido Carelli.
Y otra vez, gracias a los 4 temerarios que vinieron a manifestar.

sábado, 17 de enero de 2009

La mirada del Lagarto


Nueva entrega de las mini crónicas de Joaquín Linne, esta vez desde Cuzco.



Volquer te saluda, amigo. Se te extraña.
Volquer levanta la mano en dirección al sol, mira la sombra de su mano en el asfalto y te saluda, obnubilado por la sombra de su cap y el destello del sol en el capot del Alfa Romeo modelo 94 del vecino copado que saca a la perra a mearte la vereda.
Va a morir, en algún momento, esa perrita tan simpática.
Va a morir por un destello, el fulgor de una motito en la tarde de La Paternal.
Jota. Volquer saluda que no te mimetices con el entorno, que no mariconees, que los que encasillan sin hurgar en sus prejuicios de clase te digan que encasillás sólo porque no podés callarte.
Y agradece. Volquer agradece que no puedas callarte.


Igual, te dice que acá en Buenos Aires las cosas no están tan diferentes. Crisis laborales por todos los flancos, pero la gente más hermosa, corroída.
Las patas mojadas en Fernet, tan dulce, preparado con gaseosa de máquina.
Seguí husmeando, hurgá, Jota. Hurgá, husmeá las contradicciones del sistema, traeme un gráfico de la BOTUL del norte, por estos días. Si tenés ganas.
Después, tomate un pisco. Todo bien.

martes, 13 de enero de 2009

Catch



Buscando fotos para ilustrar la excelente crónica de mi amigo Diego Vecino en Haciaelbicentenario, me encuentro con esta noticia del Diario El Mundo, supongo que de 2006, aunque en realidad no importa:

Una pelea de mujeres bolivianas. Cobran entre 30 y 50 dólares por combate, no tienen asistencia sanitaria y se juegan la vida, a veces con sus hijos delante, en cada asalto. Los espectadores de El Alto, ciudad dormitorio de La Paz, pagan un euro por ver a mujeres indígenas aimaras –raza del presidente Morales– golpearse con “occidentalizadas” hasta límites crueles.


«Con la desesperación por ganar y contentar al público, todo vale. Usamos latas para cortarnos, tablas, cajas para apalearnos. El árbitro suele estar de parte de las rudas (malas) y no de las técnicas (buenas). A veces, nos pega hasta él y no hay un compañero masculino que se meta a defendernos. No deberían darnos golpes bajos, ni maltratarnos los senos, pero se hace».


Desde Barthes, se sabe que el catch escenifica mucho mejor que el fútbol y otros deportes ciertas tensiones sociales, o, como le gustaría decir a un amigo con cierta pompa, "los engranajes invisibles que mueven la historia cotidiana". Igual, más allá del miserabilismo invertido de los periodistas que hicieron la nota, las fotos de las bolivianas castigándose me fascinan, no por crueles, sino por hermosas.

Hace alrededor de un año, estuve en Guadalajara mirando una pelea de catch en la arena que supuestamente era menos "mainstream". Me había comprado un refresco de tamarindo para mezclar en un vaso de litro y medio de cerveza (altamente recomendable), pero a pesar del alcohol y de los gritos de mis compañeros de platea, el espectáculo fue decepcionante. Los luchadores apenas se tocaban, y el desenlace obvio, donde dos mexicanos se tiraban juntos desde las cuerdas y con los codos en punta sobre el gringo rubio y gigante, ni siquiera fue muy festejado. En todo caso, en ese ring de Guadalajara, la capital de Jalisco, el corazón mismo de la mexicanidad, se sabía de antemano que lo importante no era la lucha sino los sentidos que los espectadores movilizaban. Nunca voy a olvidarme el estallido de familias enteras, chinga tu madre, hijoeputa, de mujeres con vestidos floreados y tipos de pantalones de lino, labios pintados y bigotes prolijos que en cualquier otro momento hubieran evitado la confrontación aunque les costase el dedo meñique. Estaban realmente sacados, y en un momento empecé a insultar yo también. Lo notable es que en el fulgor de la catarsis colectiva, los mexicanos y no yo, que sólo puteaba a los gringos, se la agarraban con todos, absolutamente con todos, incluidos los tipos que tenían en la platea de enfrente. No hinchaban por el mexicano, sino que le decían flojo, gordo chaparro, inútil, cornudo, y muchas cosas por el estilo no sólo al árbitro, sino a su vecino, o a su jefe, o a su conciudadano, al tipo que les vendía las aspiradoras en el shopping. Muchos tenían petacas de metal, forradas en cuero. Petacas llenas de tequila que se vaciaban al ritmo de las puteadas y la pantomima de una verdadera guerra social.


Si bien el resultado era el mismo que en Bolivia (en ambos casos, la cipayez termina derrotada en manos de los locals), y si bien los periodistas miserabilistas exageran, se me ocurre que la violencia presente en el catch de El Alto (a 4.100 metros sobre el nivel del mar) no se limita ni a la tradición de por sí violenta del pueblo boliviano, ni a las condiciones de vida mucho peores en El Alto que en la de a momentos pujante Guadalajara, ni al machismo alla boliviana, donde la escenificación requiere de cuerpos femeninos para no devenir tragedia. Habría, pensando con la rapidez que amerita esta superficie, otros dos factores que habilitan el paso del simulacro (o la seducción) a la violencia, y del hobbesianismo mexicano al hochiminhismo boliviano.


Hablamos, queridísmos, de la ya archirepetida traición de la líbido por sobre la política (argumento refritado por cínicos y simplistas a la hora de pensar la lucha armada no sólo en nuestro país, sino entendida como Gran Engranaje de la Historia): los bolivianos quieren ver sangrar a la luchadora gringa porque la desean. Si no hay sudor ni sangre, el sexo no es real, es pornografía, o sea, es hiperreal, y cualquiera sabe que la pornografía no puede ser consumida en conjunto porque, como la literatura, reclama un goce individual. Los mexicanos también desean a la gringa, pero al menos pueden acceder a ella en un plano simbólico, la aspiradora que compran en el shopping a 36 cuotas, y por eso travisten el sacrificio en simulacro.


Este primer nivel, sin embargo, se solapa con otro, quizás menos esencial que la contraposición entre la economía libidinal del neoliberalismo mexicano y el Evismo. Queridísimos, nos referimos a la valorización internacional del espectáculo turístico. Desfavorecida por la historia y la naturaleza, la localidad de El Alto puede ofrecer al mercado del turismo aquello que los luchadores mexicanos no están dispuestos a entregar: sangre, basura y lágrimas reales. Que, como cualquiera sabe, cotizan alto en la Bolsa del Turismo Libidinal (BOTUL).


Nos extenderíamos sobre este punto, pero ahora debemos rescatar al Volquermóvil.




viernes, 21 de noviembre de 2008

La basurización


Una apostilla sobre política cultural: en vez de hacer del FILBA algo más extenso y de diseminarlo por la ciudad, el Gobierno de la Ciudad invierte cifras siderales en campañas como esa de la gente que hace deporte metiendo basura en los tachos. Campañas que, leídas como discursos sobre la moral e higiene públicas, dejan sin embargo una estela de resonancias que estamos tentados de, al menos, mencionar. Que el único proyecto colectivo dotador de ciudadanía enunciado por el Gobierno de la Ciudad sea el de meter basura en los tachos es una especie de fallido sobre la basurización de la ciudadanía política, donde el “hacer Buenos Aires”, esto es, el tapar baches, no llega a tapar el bache de la falta de imaginación de un proyecto político que piensa a la cultura como algo residual pese a contratar a Fogwill (el padre, no el hijo publicista) como ilustre asesor, seguramente muy bien remunerado. La noche de los museos, una iniciativa bastante border que bien podría desaparecer sin que lo lamentásemos demasiado, tuvo este fin de semana su versión más deslucida, fogoneada por la falta de recursos. La basurización llegó a tal punto que el Gobierno les “hacía un favor” a aquellos que presentaban sus intervenciones en los museos cediéndoles el espacio, sin la posibilidad siquiera de mencionar la chance no de pago, sino del mínimo apoyo logístico.
Esto se inscribe en la idea de que la cultura es sólo y exclusivamente generadora de recursos. El engranaje de la cultura, entonces, viene a soliventar la máquina del turismo, el gran generador de recursos por excelencia, que sufrió la espantosa desgracia de que a la hija de Bush le robaran la cartera cuando hippeaba por San Telmo.
Pero, al menos, Mauricio no pierde el tiempo. El otro día, Volquer se encontraba cenando en un exclusivo restó del barrio de Recoleta, negociando los derechos de una novela, Pinamar, con su misterioso autor, que por el momento se niega a publicarla por miedo a las repercusiones inmediatas provienientes no sólo de su entorno social y familiar, sino del misérrimo campillo cultural de Buenos Aires. En la otra mesa, la nueva novia de este joven narrador de la joven guardia y la NNA y la NBA y las FFAA vigilaba las negociaciones junto a una amiga. A mitad de la noche, nuestro Jefe de Gobierno ingresó al local, acompañado de su joven pareja y de sus guardaespaldas. Cuando la pareja del Chief Macri fue a empolvarse la nariz al tocador, el valeroso guardaespaldas se acercó a la novia del joven escritor argentino autor de Pinamar y le entregó la tarjeta personal de su patrón: "Dice Mauricio que cuando quieras lo llames".
Volquer tomaba notas, con minucia. Sabía que, a diferencia de otras falluteces que se publican por ahí, esto es absolutamente cierto.
"Al menos el Jefe no pierde el tiempo", pensó.
Afortunadamente, el autor y novio de la señorita en cuestión se enteró de esta singular y patriótica movida una vez que Mauricio se había retirado, triunfal, del establecimiento. Afortunadamente, decimos, porque el muchacho en cuestión sufrió de un terrible ataque de ira. Rompió vasos y arrojó manteles al suelo, y salió a la calle bajo del grito de que iba a matar a nuestro Jefe. Desencajado, terminó salivando contra un impertérrito semáforo.
Volquer intentó consolarlo, tras desairar al minúsculo empleado que pretendía cobrarle los gastos. "No seas moralista, che. Que esta belleza, digo, que tu novia sea más chica que las hijas de Mauricio no significa nada. Yo que vos me preocuparía en que no lo llame".

lunes, 17 de noviembre de 2008

Crónica de un happening. Sobre La Beca.


1.
Mientras tomábamos una Brahma un poco tibia en la plaza Houssay, le comentaba a mi amigo Joaquín que desconfío de las performances, los happenings y el arte conceptual. A unos pocos metros, unos pibes jugaban un seis contra seis en medio del cemento, los arcos hechos con ropa y mochilas. Tenía ganas de ir a jugar con ellos, pero sin embargo hablaba. Mis argumentos eran que si hace unas cuantas décadas ese tipo de arte podía ser inscripto como un gesto innovador, hoy me parecía un poco agotado. No podía dejar de ver que el antiguo anhelo de romper las barreras espectador / artista generando un hecho político, había fracasado históricamente, y que no me parecía que las comunidades que se generan en un happening, siempre evanescentes, transformen un estado de cosas que vaya más allá de la instantaneidad de su numerito. Un poco pesado, atragantado con mis propias palabras, insistía con que cuando el arte conceptual se convierte en un diálogo entre entendidos, sin posibilidad de trascender las microafinidades que al mismo tiempo lo catalogan y consagran, pierde potencia en términos sociales, por más amistades y micropolíticas que produzca.

- No, le dije a Joaquín, esto de la vanguardia es cualquiera. Ya fue.

Con todas estas “prenociones” fui a ver el happening ¿Querés una beca? Chupame un huevo, organizado por Gustavo Moscona. A Moscona lo conocía sólo de nombre.

2.
A medida que pasaba el tiempo nos fue ganando la ansiedad y decidimos ir. Éramos unos cuantos, y el plan consistía en irnos rápido si nos aburríamos. Comprar más cerveza, volver a la plaza o ir al bar de la facultad. Otra opción era ir el FILBA. Viernes a la tarde. La ansiedad de un viernes a la tarde.

3.
Hay que decirlo: apenas entramos al aula y vimos que estaba llena, hubo algo que cambió. Empecé a sentir que iba a pasar algo importante. No teníamos lugar para sentarnos, y fuimos a parar al suelo, justo a un costado del escritorio que formaba parte del decorado del happening. Nos repartieron globos que inflamos y explotaban de sólo tocarlos. Corridas, preparativos, bastante expectativa. Pero lo que pasó después supero todo. Lo que vino después pasó por encima a todas las expectativas porque el happening fue un verdadero acontecimiento político cultural. En este sentido, la cantidad de gente no es un hecho menor. Sabemos que la significación social de cualquier hecho artístico se transforma dependiendo de su contexto de recepción y de su circulación social. Y el aula Kosteki-Santillán era una fiesta. Antes de que empezara el happening era una fiesta, antes de que se inflaran los globos. La energía, la seriedad no solemne con la que nos recibieron y se movían los chicos que participaron de la organización, los actores, los performers, los artistas, generó un clima muy especial.

- Grosso, eh. Menos mal que vinimos. ¿Compramos una birra?

4.
Desde el principio, desde el título, Gustavo Moscona, la gente de sociología contraataca y los muchos que pusieron el cuerpo para que la cosa funcionara nos lo habían advertido: esto no es un happening, esto es la beca. La beca. ¿Pero qué es la beca? ¿Un régimen de vida? ¿Una salida laboral? ¿Un premio? ¿Un sistema de exclusión? ¿Una metáfora sobre la producción de conocimiento en nuestro país? ¿Una forma de canalizar –y mutilar- la líbido política retirándola de lo colectivo para remunerarla en lo individual? ¿Un happening? ¿La beca como un happening donde se escenifica una producción de conocimiento inútil? Si entre muchos otros, hubo un hilo capaz de conducir la superposición de situaciones que se escenificaron a lo largo de las casi dos horas que duró ¿Querés una beca? Chupame un huevo, ese hilo fue la voluntad de que la pregunta por la beca se politizara, y, al mismo tiempo, invitara a pensar toda la serie de oposiciones y de situaciones que se configuran en torno a la beca y a la vida universitaria.

Todo esto, en un contexto particular, en una facultad, la de Sociología, que no puede dejar de interrogarse sobre el destino y la productividad política de las becas, y sobre todo el tejido de relaciones sociales que estas organizan. Un tejido de solipsismos que prefigura la continuidad del neoliberalismo a la hora de producir saberes.

5.
A mí, que tengo una beca, la pregunta me movilizó. A muchos de mis amigos, que tienen o van a postularse a una beca, también. Aunque quizás a cada uno de manera diferente. Que la pregunta por la beca se politizara, decíamos. Que tuviera un arraigo local, específico, en la carrera de sociología, en la facultad de sociales de la UBA. Eso es politizar. Hubo algo de catarsis en el happening. El hecho de que el tema elegido fuese justamente la beca consiguió que ahí adentro, en el aula Kosteki-Santillán, se activara un trauma colectivo. Catarsis interrumpida, entonces, porque lo que quedó flotando en el aire cuando todo terminó fueron los vapores del hagamos algo más con el agradecimiento que generó el amor que habían puesto en el happening todos los que participaron.
Pero decíamos también oposiciones y situaciones. Tomemos nota de algunas de las que llegué a anotar en el anverso del volante de una agrupación:

a) Las chicas, las modelos, y la exposición de las becas como algo fashion: las becas como objeto de deseo. Esto, confrontado a la repetición de consignas políticas, muchas veces anacrónicas o vacías por parte de las modelos. Ganar una beca, gritar en el vacío. Consignas políticas que se gritan en el vacío. Una serie posible. Porque a la beca hay que seducirla, conquistarla. Requiere todo un arsenal de estrategias de seducción, que se inician con el director de beca. Becas y carisma, también, en la primera parte, donde el evaluador recibía los proyectos. Se sabe: lo que define, muchas veces, es el director.

b) El deseo que canalizan las becas pudo sentirse también en otros momentos: desde el becario acosado sexualmente por la directora, hasta la genial pareja de Moscona y su novia, que discutían en videoconferencia. Él, en Europa, en el frío de Europa, le propone una pareja abierta, a ella que no sólo tiene que trabajar en Buenos Aires vinculada a rubros que no tienen nada que ver con su formación, sino que, en la perspectiva del becario, le debe todo porque “él la formó”. La liberación final a través del baile, en oposición a los cuerpos inmóviles de los becarios.

c) La beca y el espacio. Las becas son de la ciudad, de Buenos Aires, y no llegan al Conourbano. ¿Qué porcentaje de los becarios de Sociales vive en el Conourbano? ¿Qué porcentaje de los becarios asistió a colegios de elite, principalmente el Carlos Pellegrini o el Nacional Buenos Aires? Las becas como un sistema de confirmación académica de la segregación urbana. Becas y disciplina.

Podría haber muchos más, pero esto sería demasiado largo. La presencia, por ejemplo, del cuerpo popular real, del sujeto real de La Matanza, al que se lo estudia incluso cuando coge. Toda la diversión y la tensión juguetona que generaba el espiral entre paródico y de denuncia del resto de los fragmentos, se resignificaba con las apariciones del pibe que hizo dos reclamos puntuales. Primero un reclamo de sinceridad: cuando roba a los docentes, estos tienen que decir lo que piensan: “Hay que meter bala en la villa, no se puede más con estos negros de mierda”. Segundo, un reclamo de autoanálisis: en lugar de preocuparse tanto por cómo cojo, miren lo que hacen ustedes. Pregúntense por la beca.

En este sentido, fue tal la incomodidad que generaban estas irrupciones, que se las intentaba neutralizar con el aplauso. Le dije a Joaquín:

- Mirá como aplauden, boludo. Se ponen nerviosos.

Yo estaba nervioso.

6.
La contraparte de estas irrupciones eran las de otro de los pibes con talento y cosas para decir que tuvimos la suerte de ver en La Beca: ese que venía anunciando el nacimiento de la beca con diferentes disfraces, y funcionaba como descomprimidor al tiempo que tenía una especie de función coral.
La consigna era: se viene la beca, la beca está naciendo, se viene la beca.
Al final, venía disfrazado como delegado gremial, o representante sindical, y terminaba negociando becas para repartir como prebendas entre los otros que lo acompañaban con un bombo. La pregunta que dejó instalada fue: ¿algo está naciendo o vamos a negociar? ¿puede nacer algo sin negociación? ¿cómo negociar un nacimiento, que es del orden de lo que no se puede prever?
O, en otras palabras: ¿Qué hacer? ¿Qué hacemos con las becas, esto es, con este sistema de producción y distribución del saber y de las remuneraciones?

7.
Cuando terminó la perfo, todos se saludaron, se abrazaron, se felicitaron. Sabían que, más allá de algunos baches y otras repeticiones, habían conseguido generar algo grande. Un verdadero acontecimiento político cultural en la facultad. En su facultad. En su situación.
Esta crónica salió publicada ayer en el blog de sociología contraataca. Ver link en cuerpo de texto.

jueves, 9 de octubre de 2008

Autocensura




Puede ser, entonces, que el agotamiento se vincule con eso. Con la imposibilidad de ampliar su mercado que tienen las pymes escudadas en la independencia. Quizás, un buen título para la próxima charla sea “cómo hacemos para aumentar las ventas de libros que nos interesan únicamente a nosotros”. La idea de generar un circuito virtuoso alimentado por jóvenes críticos egresados de la carrera de Letras aparece como una apuesta prometedora.

jueves, 11 de septiembre de 2008

White Zombies


Ayer, mientras aguerridos compañeros resistían un día más en la toma de las 4 sedes de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA en reclamo de mejores condiciones edilicias para seguir estudiando, un extraño conjunto de diletantes, groupies culturales, bloggers de difusa ideología, lectoras de Alan Pauls, editores “independientes” y otros sujetos de calaña semejante entre los que me incluyo se dieron cita en la Boutique del Libro de Palermo para discutir, o mejor dicho para mirar discutir, o mejor dicho para escuchar una charla amable y civilizada entre Alberto Díaz, editor general o algo así del grupo transnacional Planeta, y los escritores Alan Pauls, palermitano y afectado, y Fabián Casas, boedista. Los coordinadores eran Damián Tabarovsky, ideólogo de la actualmente en remate Editorial Interzona, y el dueño de la librería, Fernando Pérez Morales.
Lo primero que hay que decir en favor de esta iniciativa es que el temario prometido era tan amplio como sugerente. Lo segundo es que el lugar estaba lleno, por lo que se percibió una ligera euforia por parte de los organizadores. Lo tercero es que la coordinación, en la medida de lo posible, fue adecuada.
El debate, por su parte, apareció en cuentagotas. Pero también hay que reconocer que la intención estuvo. El mismo Tabarovsky chicaneó un poco al principio, cuando dijo que se reeditaba el mítico enfrentamiento entre Florida -o Palermo Anagrama- y Boedo -o el boedismo, testimonio fehaciente de cierta derrota cultural de Boedo-.
Aunque quizás, en el fondo, tampoco era tan importante que ese debate que apareciera. Lo importante era hacer un “evento exitoso”, algo tan de moda y al mismo tiempo tan arraigado en las tradiciones culturales de la pequeña burguesía intelectual porteña. El contacto por el contacto mismo. En la siempre patética bohemia universitaria se empieza con un grupo de estudio, y el sumum llega o bien con la institucionalización, es decir con la absorción por parte de la burocracia académica, o por medio de la organización de unas jornadas, de ser posible en la Biblioteca Nacional. En la militancia de la poesía, esto es, en la única militancia que afortunadamente le quedó a un muy pequeño número de personas que se dedicaban a leer, escribir, criticar y publicar poesía durante décadas recientes, el ritual distintivo de apertura hacia lo público eran las lecturas. Costumbre heredada, ciertamente, por los jóvenes narradores. Que devino, asimismo, en un ethos autonomista cerrado al circuito chico, donde la ética romántica campea a troche y moche. Y donde, también, se recupera una mística punk y festiva que surge del cruce con la herencia cultural abonada por la resistencia rockera durante la dictadura. Duplicidades. Pero la intensidad y la socialidad horizontal de muchos de estos eventos no estuvo presente en la Boutique del Libro. La reunión, a fin de cuentas, era un evento de marketing literario con buena voluntad cultural. Un arañazo para, entre otras cosas, seducir a esos esquivos lectores de Palermo, tan codiciados por todas las editoriales. Editoriales incluso capaces de bañarlos en pizza con champagne, con la infantil y por eso tierna fantasía de que eso llegará a trocarse en favores monetarios.
Personalmente, prefiero estos eventos antes que las reuniones de floggers que se producen en el barrio del Abasto.
Aunque, quizás, no sean tan diferentes.

Pero focalicemos, compañeros, en el marketing literario. Una actividad ejercida con prestancia por profesores, bohemios y talleristas más o menos marginales. Un marketing que ayer tuvo en Alberto Díaz a su representante más conspicuo, y por eso, más honesto. La hipnótica claridad del señor Díaz, de quien pocos jóvenes escritores se animarían siquiera a pronunciar el nombre, fue conmovedora. Fue memorable, mis queridos compañeros, el momento en que, frente a las mistificaciones románticas del señor Casas, Díaz declaró que todos los escritores pensaban en el público, en el mercado y en la recepción de sus obras. Apoteósica.
Esto no es óbice, amigos míos, de que el señor Casas, imagen marcaria de esa estructura del sentir que por pereza intelectual denominaremos boedismo -no confundir con el antiguo grupo de Boedo, repetimos-, haya sido el disertante más carismático, y, por llamarlo de alguna forma, el más cercano a lo que el traumadísimo Jacques Lacan llamaría nuestras identificaciones imaginarias. Casas es un tipo en el cual, disculpen la categoría, se puede confiar. Su libro “El Salmón” es, sencillamente, extraordinario. Dio un poco de lástima entonces, por así decirlo, verlo convertido en un White Zombie más. Quizás haya llegado el momento de reclamarle, en virtud de su potencial, unas cuantas cosas.
Dieron un poco de pena, también, sus coincidencias con Alan Pauls. Otro tipo con un libro, El Pasado, que a pesar de todo, condensa fuertes zonas de la experiencia social de una generación. Ambos declararon que Marcelo Tinelli, el profeta positivista de la realidad nacional, está destruyendo al país. Cuando es claro, queridos lectores, que Tinelli nos está salvando. Cuando es claro que su reinado tiene el peso fáctico de las toneladas de soja que los chacareros triunfantes transforman en felicidad para el pueblo.
Marcelo Tinelli, entonces, como nuestro futuro prócer, como el gratísimo ingeniero social que hibrideces y modernidades nunca nos pudieron otorgar.
Las coincidencias, en este plano, delatan el peso de una hegemonía. El hecho de que el tema más álgido haya sido el estatuto de los blogs (Casas a favor en un ejercicio de condescendencia, Pauls en contra en base a un trotskismo idealista donde se reclama más a las superficies de lo que la base social real de las superficies son capaces de dar), delata una hegemonía. La división jerárquica entre géneros (en la caja roja, la literatura, en la caja negra, el periodismo, la crónica y el ensayo), también. Como así lo hace la exaltación paternalista hacia las editoriales independientes, de las que la mayoría de quienes hablaban tenían una idea bastante somera, por ser generosos. Otro tanto para que todos, pese a las reservas de Díaz, se subieran al pequeño pony de pedir “lectores más trabajosos”, en sintonía con la obsesión del amigo Tabarovsky de recuperar la crítica afrancesada yuxtapuesta con la reflexión de la academia norteamericana sobre las artes visuales como garantía de contemporaneidad. Y la extraordinaria proliferación de blanquísimas, blancas categorías zombies.
Gratas coincidencias, amigos, en una tibia noche de Palermo.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Cumpleaños de ADN Cultura - La Revista del Sábado


Hace alrededor de un año, no me acuerdo bien, me invitaron a un focus group donde iba a discutirse el lanzamiento inminente de la revista ADN. A cambio de mis opiniones recibí cien pesos en una orden para comprar ropa en Giesso. No me acuerdo qué elegí. Calzoncillos o medias. El lugar y la ropa eran para jóvenes ejecutivos de alrededor de treinta, con ganas de tener una relativa onda, que alquilan en Congreso mientras ahorran para comprarse el dos ambientes amplios en Recoleta o Recoleta Bronx (zona Sociales) después de terminar de pagar las cuotas del 206. Pibes que escuchan o escucharon Radiohead. Eso seguro.
En el grupo, nos dieron de comer una picada formidable. No soy una persona con vergüenza de comer en público. Al contrario. Cualquiera que me conozca un poco puede dar testimonio de mi ferocidad. Esa tarde arrasé.
Primero nos bombardearon de preguntas sobre Ñ. La coordinadora era una chica de sociología, inteligente y muy idónea para su trabajo. Profesional. A la salida, le confesé que yo también laburaba en marketing. Que hacía poco tiempo había estado pergeñando la campaña “Hombres de Olé bajo el brazo”. Uno de los laburos que más disfruté. Intercambiamos mails con esa complicidad un poco lastimera y culposa que tenemos o que en esa época teníamos los que a los veinte leíamos el debate de la tercera internacional y fuimos a evangelizar a los barrios con Mariátegui bajo el brazo y fracasamos en 2001 hasta que nos volvimos genuflexos y entramos en el clientelismo académico. O en el marketing.
En el fondo, dos nombres para la precariedad con suerte.
Pasada la etapa Ñ, nos dieron unos ejemplares de prueba de ADN. Estaba Fito Paez. El director era Tomás Eloy Martinez y el producto era muy mediocre, con notas sobre Kafka o Anna Frank. Yo dije que era una revista anodina. Dije que lo de las microcríticas era una pegada. Dije que tenían que meter a gente más joven, que hasta la década del 30 La Nación había sido una tribuna de doctrina y ahora tenían las credenciales y la oportunidad de revalidar eso. La Nación siempre había sido un diario serio, conservador en lo político a partir del peronismo y medianamente progresista o por lo menos serio en lo cultural. Que le dieran más bola a la literatura contemporánea. Que Tomás Eloy Martínez no me cerraba. La coordinadora dijo: “Pero TEM fundó Radar”. Por eso, le dije. O lo pensé.
Ahora me acuerdo de que también le dije que la ocasión de consumo de Ñ era en el baÑo. Y es cierto. Todavía hoy la leo en el baño. Me encanta ir al baño y saber que la Ñ está ahí en el suelo. Me encanta leer la mejor revista cultural del país cuando nadie me molesta.
Eso les interesó. Los tipos estaban obsesionados con Ñ. Todo el tiempo miraba al vidrio espejado y levantaba mi vaso de Coca, en brindis. Pendejadas.
Ahora que lo pienso, me arrepiento de lo pedante que fui en el grupo. Cada vez que soy pedante me arrepiento.
A uno de los pibes que estuvo conmigo, también de la carrera, lo ví este año picando piedras en otra consultora. Me miró con miedo. No nos saludamos.
Me acuerdo que había un flaco que pidió más espacio para la poesía. El pibe ese me cayó diez puntos. Otro que dijo que un amigo suyo estaba mal y le recomendó leer Las Partículas Elementales de Houellebecq para terminar de hacerlo mierda y que después resurgiera de sus cenizas. Me pareció una estrategia pedagógica impecable.
Cuando preguntaron cómo era el lector ideal de Ñ, dije: una vieja gorda, que no garcha hace seis meses, vive en un 3 ambientes en Rosario y Avenida La Plata sobre Rosario a mitad de cuadra, segundo piso, cursó media carrera de psicología, su hija mayor quiere ser actriz y trabaja en telefónica, su hijo menor dice que va a ser médico y tiene 3 previas de cuarto año, a la señora esta le gustaría tener un affaire con Fogwill mientras su marido evade impuestos en su estudio jurídico-contable.
Después lo pensé un poco: esa mina es mi tía. Podría ser mi vieja.
Ahora me arrepiento.
Con la coordinadora nunca volvimos a escribirnos ni a cruzarnos. Hasta hoy.
Hoy me preguntaron como era el lector ideal de ADN. Y no contesté. Pero pensé: igual al de Ñ, pero hace unos meses estuvo a favor del campo y no en contra del gobierno como el de Ñ. Y vive en San Isidro. En un barrio semicerrado.
Pero antes de lo de hoy vienen otras cosas.
Primero: nos pagaron 120 pesos. ¿La inflación fue de un 20%? Lo notable es que el pago fue en efectivo.
Lo primero que pensé fue: qué bueno, zafamos de Giesso.
Lo segundo fue: estos hijos de puta quieren sacarse los pesos de encima y nos los encajan a nosotros.
Lo tercero fue: la sociedad se aproxima a esos momentos de materialismo procaz que anteceden a las debacles económico-morales.
Pendejadas.
Igual, lo que más me alarmó fue la baja escandalosa en el nivel de la comida. Hoy habia café, gaseosa y galletitas rotas.
No había triángulos de queso. No había maní. Ni una puta rodaja de salame.
Igual fui el que más comió. Por lejos.
Conclusión: o el Secretario de Cultura de la Nación, dueño de la consultora donde hicieron el focus, sabe que será prontamente destituido y propició el recorte porque además sacarle guita a las empresas para estudios de mercado está más duro que el año pasado, o se asustaron de lo que comí la última vez. O las dos cosas.
Y la inflación. Y la recesión.
El grupo era lindo. Otro pibe de la carrera pero un poco más chico. Una traductora amiga del teatro indie. Una chica que estudió cine y dejó. Otra que estudiaba psicopedagogía. Un ingeniero que había estudiado letras dos años. Un pibe que dejó Imagen y Sonido y ahora hacía y vendía velas. Y mi favorito: el músico.
Ninguno llegaba a los 30. Me hubiera gustado ir a tomar algo con todos. Hablar de otra cosa.
Todos estábamos a favor de este gobierno. O me pareció eso, porque nadie se había olvidado del rol de los medios en la lucha con el campo.
De la boca para afuera, obvio.
De la boca para afuera.
El músico dijo algo muy parecido a lo que esta mañana había dicho una crítica literaria reconocida en su seminario: los que leen el arte, la música, la literatura desde la categoría de autor son unos boludos. Hay que leer los movimientos. Era un pibe copado. A eso de la categoría de autor lo dijo tres o cuatro veces, en contextos diferentes. Se ve que le molestaba mucho el enfoque de las revistas culturales sobre la música.
La gente de marketing de ADN seguía obsesionada con Ñ. Es natural. La gente de Skip vive obsesionada con Ariel.
En un momento creí que el reclutamiento había sido para lectores de Ñ, pero después pensé en las preguntas filtro y me pareció que no. En realidad no sé. Siempre miento en las preguntas filtro.
La cuestión es que Ñ estaba mucho mejor posicionada que ADN. No se si es justo o no, pero fue lo que salió en el grupo. Igual, para mí, es justo.
Nos preguntaron de todo. Yo usé una táctica un poco sucia para embarrar la cancha. Lo hice de resentido.
Hay tres formas básicas de cagar un grupo.
La primera es generar un clima de joda que arruine la dinámica. Faltarle el respeto al coordinador.
Jamás haría eso. Y al que me lo hace, lo agarro afuera y lo cago a trompadas.
Una vez casi le pego a un pendejo de 17 años.
La segunda, es decir cosas tan tajantes que inhiben a los demás.
Ejemplo:
“YPF es una empresa española que saquea las reservas naturales de nuestro país, que aprovechó condiciones ventajosas para apropiarse de bienes y territorios fiscales, y que para colmo usa imágenes vinculadas a lo nacional para limpiarse, porque en Brasil directamente se llama Repsol”.
Fin del grupo.
“No sé, la verdad que dejé de comprar gel de ducha Axe. Lo que pasa es que me echaron del trabajo la semana pasada y no tengo plata para gastar en esas cosas”.
Fin del grupo.
La tercera en realidad no arruina el grupo, pero lo enrarece. Es volver a las preguntas viejas y mandar fruta.
“Me quedé pensando en eso que preguntaste antes. Es un poco abstracto. Digo, yo nunca pagaría por un suplemento cultural. Los leo en la web. Y con respecto a eso de si las disciplinas están balanceadas ahora que la miro se me ocurre que es una revista literaria con dos o tres notas de otras cosas, tipo un frankenstein”
Todos opinan y el coordinador se enquilomba. Se pierde el eje de la guía de pautas. Un poco de sadismo.
La chica no se lo merecía.
Al final, quedaron el claro unas pocas cosas. Al menos para mí.
Nadie del grupo leía los suplementos culturales enteros. Como mucho, se leía un 20% del total del contenido.
El nivel de las reseñas y de las notas en general era malo porque no se juegan por nada. No es casualidad que casi todos los que las escriben pasaron por la carrera de letras.
La idea de cultura de los suplementos es antigua y les falta humor.
Sin embargo, está claro que ADN sirvió para que Ñ mejorara.
Nadie compra un libro porque haya leído una reseña. Las reseñas también fracasan en introducir nuevos autores porque casi nadie compra más de un libro cada dos meses.
Lo mejor son las entrevistas y algunas notas. Y las perlas cultivadas.
Sólo dos personas de ocho conocíamos y estábamos contentos de que David Viñas tuviera una columna de vez en cuando en Ñ.
A veces había temas de tapa más convocantes que otros, y en esos casos, sólo en esos contadísimos casos, valía la pena tener las revistas en papel.
Ñ y ADN son muy parecidas. En general producen indiferencia. Cuando nos apretaron, más de la mitad preferimos Ñ y los otros dijeron que les daba lo mismo.
Hubo más cosas, pero me las quedo para mí.
A la salida esperaba el segundo turno. Una fila de personas de más de 40 años, con cara de cansadas. Muchas miraron la hora.
Salí apurado y crucé Alvarez Thomas con el semáforo en rojo. Casi me pisa un Fiat Palio color terracota. Creo que me putearon.
Cuando llegué a Lacroze, me tomé el 63.