Levántate y anda

martes, 30 de diciembre de 2008

Volquer en mi habitación, a la madrugada


Este fin de año no fue de los mejores para Volquer.
No quiso decirme las razones, pero sus movimientos en la oscuridad del living lo anunciaban.
Cada vez que le preguntaba, la misma respuesta: "es el calentamiento global".
Claro, le decía yo.
Y le pasaba el azúcar para su leche tibia de todas las tardes.
Leche tibia y cigarrillos sin filtro.
Después, se ponía los anteojos y salía. A manejar el taxi. A la ciudad.
Con sus sudaderas de nylon, sus bermudas de fútbol y sus zapatillas Nike compradas en la feria de Solano.
Con esas zapatillas, Volquer mide casi dos metros.
Y, cuando llega ebrio a las seis de la mañana, da miedo.
Eso fue lo que pasó anoche.
Escuché el sonido de las llaves. Desde la calle, escuché el sonido de la reja y después las llaves, que no embocaban. No embocaban.
Desde mi cama, hipnotizado por un sueño de sol y asfalto, con el turbo encendido como el corazón de una tortuga, escuché sus murmullos. Sus puteadas. Hablaba solo. Cantaba una canción de Calamaro. Y puteaba. En voz baja.
Había dolor en sus puteadas. A eso pude adivinarlo desde la cama. Desde detrás del ruido de mi turbo.
Subió la escalera con parsimonia.
Subió la escalera con la cadencia de una babosa dañada por la sal.
Una babosa que de alguna forma resurgió de la sal gruesa en la que estaba enterrada.
Había tomado más de la cuenta. Parecía eso.
Cuando lo vi aparecer en el marco de la puerta supe que algo andaba mal.
Se quedó quieto, apoyado en el marco de la puerta.
A sus espaldas, la luz de la calle. El rumor de los árboles en la calle. El 24, un ronquido de la calle.
Creí que necesitaba plata. Creí que necesitaba cigarrillos.
Plata para comprar leche y entibiarla en el cacharro de mango quemado que tenemos en la cocina.
Pero cantaba una canción de Calamaro. En voz muy baja.
Ahora no estoy seguro de que fuese una canción de Calamaro. Pero me pareció eso.
Le pregunté si necesitaba algo.
Y se tiró encima mío.
No tuve tiempo para pensar los motivos. No pude.
Volquer aprovechó que no tenía puestos los lentes de contacto y empezó a golpearme.
Cada uno de sus brazos era un látigo de carne congelada.
Sentí la sangre tibia en la nariz. Sentí los labios abiertos bolsas de nylon que revientan y dejan caer todo al suelo.
Apenas pude ponerle un rodillazo. En los huevos.
Sentí el ruido de la suela de sus zapatillas aplastando mis anteojos.
Entonces me levantó.
Tenía un aliento fuerte y espeso. No era aliento a alcohol. Era otra cosa.
Aliento a barro.
Quise defenderme. Le rompí la lámpara en la nuca.
Le rompí la lámpara en la nuca y al caminar los vidrios de la bombita se clavaron en la planta de mis pies.
El no sentía nada.
Por lo menos había dejado de cantar.
Terminé rodando por la escalera.
Así como lo leen, rodé por la escalera de mi casa.
Me dolían tanto los labios y las cejas que la caída fue casi un alivio.
Llegar al final fue casi un alivio. Me tuve que arrastrar.
Me arrastré por el suelo mientras escuchaba el portazo de Volquer.
Había decidido dormir en mi habitación.
Supe que no había forma de sacarlo de ahí. Esa noche necesitaba dormir en esa cama.
"Es el calentamiento global".
Mis pies resbalaban en su propia sangre.
Por eso preferí arrastrarme. Me arrastré hasta la heladera.
Una vez frente a la heladera la abrí desde abajo, desde el vértice inferior izquierdo de la puerta. Fue fácil.
Había una sidra abierta. En el estante de abajo había una sidra abierta con el corcho de plástico colocado con suavidad.
Lo saqué con mis dientes y empecé a tomar.
Tomé toda la sidra que quedaba. Me ardían los labios.
No me sentí mejor.

martes, 23 de diciembre de 2008

Sobre Los domingos son para dormir, de Sonia Budassi


Todavía estoy tocado por el libro de Sonia. El desafío es que uno no puede alejarse de esos textos, y por eso cuesta tanto ponerlos en perspectiva, ordenarlos en la serie literaria, establecer sus filiaciones. Decir, por ejemplo, que Sonia es la cruza perversa entre algunas zonas de la obra de Manuel Puig y las herederas contemporáneas del realismo norteamericano, entre las que cuento a Lorrie Moore y en especial a A.M. Homes, herederas a su vez de la McCullers, de Dorothy Parker y de Flannery O’Connor. Los cuentos que conforman Los domingos son para dormir pueden ser ubicados en ese mapa. Pero se sabe que leerlos desde esos códigos, inscribirlos en las series imaginadas por los lectores cultos, series posibles entre tantas otras, es, también, domesticarlos. Como así también es domesticarlos exponer, al estilo Marianito Grondona, el diagrama de ejes y oposiciones que iba anotando en los márgenes del libro. Igual lo voy a hacer.

La serie perro – gato – peluche, por ejemplo. Todos los cuentos tienen perros, gatos y peluches, peluches o juguetes, y este triple juego, esa línea, emerge en paralelo con otra línea que brilla y se oculta en los cuentos, un relampagueo envolvente, y se corresponde con el sistema de pérdidas y parentescos que se establecen entre lo que sería la naturaleza, la infancia y lo social. Son dos ejes que se potencian por acumulación: lo que se suma es ideología, la ideología que habita al lenguaje. El tercer eslabón de ambas líneas, el que se corresponde por un lado con los peluches y por otro con lo social, está arrebatado de ideología, y el libro es el despliegue de ese crescendo, y de los cruces rizomáticos que pueden llegar a producirse entre ambas líneas. Podría pensarse en un cuadro de doble entrada: el perro en correspondencia con la naturaleza en su fase mítica (lo natural en fraternidad, interrumpida por lo brutal); el gato como refracción de la infancia constituida por la cisma de los roles de género; y, finalmente, el peluche, o el pequeño pony, el pin y pon, como lo social atravesado por la imposible sutura de lo político (particularmente, la hipocresía, el código, o, como dice la contratapa del libro, el prejuicio como mecanismo semioculto del movimiento de las cosas). Ya está, lo tenemos ahí, el cuadrito de doble entrada para una clase de filosofía política, si se quiere. Oposiciones y relaciones que el libro desmonta y rearticula, complejizando, a través de una experiencia de lenguaje que muestra un virtuosismo poco usual. En algún momento, Walsh dijo que los buenos libros sirven para hacernos menos estúpidos, y en ese sentido, Los domingos son para dormir es un precioso instrumento de saber.

Pero hay otras dos cosas que me gustaría resaltar del libro, y que tienen que ver con su densidad social. Son dos puntos cortitos, no se asusten, y mucho menos abstractos. Son los puntos que me interpelan. El primero es que Los domingos son para dormir podría ser pensado como la continuación low fi, micropolítica si se quiere, de la línea de los reventados en la tradición literaria nacional. Algo de Fogwill, algo del Turco Asís parece anidar ahí. Los cuentos parecen decir: no hace falta ser un gran traidor, no hace falta la picaresca ni la forja artliana para ser un reventado porque, a fin de cuentas, esa sensibilidad del reventado nos constituye a todos, forma parte de la identidad de nuestras urbes, particularmente de Buenos Aires. Las pequeñas reventadas del libro, ocultas en la selva urbana, viven y actúan bajo la sombra de ese infierno, con la novedad de que sus voces, al mismo tiempo, escenifican y desmontan la paleta de prejuicios de género que las coacciona y las constituye.

Este primer punto, lo que yo llamaría las reventaditas no con desprecio sino con admiración, porque si hay algo que el libro elude es el desprecio por sus personajes, se vincula con el tema del desarraigo, que vendría a ser el segundo punto. Las reventaditas viven en la frontera: son y no son del campo, son y no son de la ciudad. Justamente, el desarraigo hace que sean y no sean reventadas. La ciudad es un personaje más, la ciudad-selva opuesta al campo-infancia. El desarraigo, la migración a la gran ciudad desde las ciudades de provincia, ese proceso silencioso y silenciado desde principios de siglo en el país accede al régimen de la representación, con sus contradicciones. Ese sustrato social hoy policlasista, que tuvo un fuerte emergente en la reciente pugna entre el gobierno y los sectores agropecuarios, es procesado y analizado en el libro, sin concesiones. Reventaditas. El desarraigo habilita cierta transparencia en los procesos y las contradicciones políticas que configuran un ethos social, y otro de los méritos de Los Domingos es trabajar con los matices de esa experiencia. Por eso, y en nombre del reventadito que hay en mí, tengo que decirle gracias a Sonia por invitarme a decir estas palabras, y gracias a la Editorial Entropía por publicar este hermoso libro.


miércoles, 17 de diciembre de 2008

De como fui al Sheraton con mi futura mujer





Mi descenso a los infiernos comenzó cuando tuve la infeliz idea de tomar un colectivo, puse las monedas en esa máquina precámbrica y preferí ir parado antes que sentarme en esos asientos tan incómodos, viajaba con mi música a todo volumen, escuchaba Babasónicos a todo volumen, después Morrisey, que me fue recomendado por Stany, Morrisey y Babasónicos en el colectivo hasta que el amable chofer me indicó que tenía que bajarme, y yo bajé con esperanza, porque aunque no parezca el comportamiento civilizado del chofer había logrado demostrarme que aún queda gente civilizada en este país, el chofer no sólo me avisó el momento exacto en que tenía que bajarme sino que tenía muchas estampas de la Virgen de Luján en su cabina, una más hermosa que la otra, incluso había imágenes tornasoladas que me resultaron muy simpáticas, de pésimo gusto pero simpáticas, tan simpáticas como las canciones de cumbia que bailamos con mis amigos cuando estamos borrachos, si es que estamos lo suficientemente borrachos como para bailar simpática cumbia aborigen. El chofer tenía el pelo blanco bien cortado, la camisa limpia, los pantalones y los zapatos limpios, no parecía tener una gota de sangre del conourbano, la prueba de esto eran sus inmaculadas medias blancas, y ejercía su trabajo con dignidad, al punto que insultó a una vieja mendiga que trató de cruzar con un semáforo en rojo, no escuché el insulto porque en mis oídos sólo había espacio para el magnífico arte de los Babasónicos, pero comprendí el gesto, un insulto locuaz y bien entendido, de esos insultos que edifican, y no sólo eso sino que el chofer se negó a abrir las puertas a las personas que intentaban detenerlo en zonas irreglamentarias, soportó con estoicismo los insultos banales de esos indios irreglamentarios inmigrantes muertos de hambre que intentaban detener el colectivo donde no correspondía. La apoteosis llegó cuando expulsó a un vendedor ambulante, con tímidas lágrimas de emoción nublando mi vista adiviné como el chofer expulsaba a un individuo de muletas, muy mal vestido y con la innegable expresión del resentido social, posiblemente nacido en el conourbano, que intentaba adueñarse de su coche, un tipo de labios toscos y mirada sanguinolienta, vestido con un par de shorts imitación Adidas y una gastada remera de algodón con la leyenda Torneos Juveniles Bonaerenses, se me pone la piel de gallina de sólo acordarme, el tipo pretendía adueñarse del coche y vendernos sus pastillas sin pagar boleto, pretendía robarnos a través de unas pastillas que no debían respetar la mínima norma de salubridad, unas pastillas de naranja o de limón que tenían muchísimas posibilidades de ser mercadería robada al fabricante, dos por dos pesos, decía, dos por dos pesitos nada más, aproveche, decía, directo de fábrica al consumidor, para regalar o comer en el viaje, dos por dos pesitos. Decidí pausar mi hermosa canción de Babasónicos, por desgracia no puedo recordar qué canción escuchaba pero si recuerdo la sensación de bienestar que me producía esa música, una sensación muy placentera, esa canción me hacía pensar en chicas sofisticadas como yo, en chicas inteligentes y anarquistas, chicas bien vestidas, chicas finas y sofisticadas, rubias quizás marxistas pero sofisticadas, chicas argentinas pero que vivían en el exterior, o que si no vivían en el exterior quizás estudiaban en la universidad pública gracias al dinero de los pobres, pero que al menos seguramente rechazaban de plano la mediocridad que las rodeaba a través del consumo de estrambóticas ropas usadas con cierto aire british, ropas viejas que ellas prefieren llamar vintage, sofisticados ángeles de enormes glándulas mamarías que piden a gritos ser chupadas como se lee un texto de Artaud, glamorosamente sofisticadas y rebeldes, eso, sofisticadas y rebeldes, chicas que quizás, con un poco de suerte, podía yo encontrarme en la universidad pública, mientras compraba las fotocopias que me había encargado mi hermano Stany, chicas con las que por ejemplo iba a poder hablar de Roland Barthes, o de alguno de los otros homosexuales franceses que Stany tanto me había recomendado durante mi adolescencia. Rodeado de los efluvios de un adorable e imaginario coro de ángeles, ebrio de deseo y de calor en ese colectivo cuyo rugido parecía llevarnos directo a un desarmadero indígena, vi cómo el chofer del colectivo detenía el motor de su herramienta de trabajo para expulsar al intruso, fui testigo de cómo un colectivero arriesgaba su vida frente a ese menesteroso para proteger a los más débiles, esto es, para proteger a los pasajeros, ebrio del deseo de conocer glamorosas rubias fanáticas del Conde de Kropotkin presencié el milagro de que un hombre hiciera su trabajo correctamente en este país, de que un chofer que bien podría haber sido peronista se rebelara contra su estirpe y realizara su trabajo como corresponde, que uno sólo, uno en un millón de choferes argentinos respetara la ley y echase a la garrapata vendedora de pastillas robadas de naranja y de limón, vi eso, y pese a mi temor cuando empezaron a insultarse, a pesar de que no me sentía del todo capacitado para intervenir en esa discusión por más que sabía que un gancho bien puesto podía dejar al delincuente fuera de combate, y que después incluso iba a poder patearlo hasta reventarle los riñones. La repentina cobardía que nunca pensé tener afloró cuando caí en la cuenta de que no era seguro pelear en un colectivo, de que pelear en un colectivo podía ser peligroso en caso de que viniera la policía porque ahí sería imposible sobornarlos o escapar, o tan sólo sobornarlos por la mera presencia del público que como yo miraba esa discusión, caí en la cuenta de que podría caer preso, pero, gracias a Dios, a pesar de mi miedo todo se resolvió maravillosamente, y tras algunos insultos el grotesco ladrón de golosinas se retiró del móvil y pudimos arrancar, pudimos arrancar y volví a la celestial música de mis queridos Babasónicos. Todo iba tan bien, con la salvedad de ese breve percance los astros parecían tan alineados durante ese viaje, que ni siquiera cuando el chofer me avisó que había llegado mi turno para bajar y observé la calaña del barrio en que me había depositado, ni siquiera en mis sospechas más negras llegue a imaginar el escarnio al que iban a someterme en la universidad pública, un escarnio que fue doloroso pero al menos me valió un fin de semana en el Sheraton, pagado por mi queridísimo hermano Stany y junto a mi ex novia, el mejor fin de semana de mi vida junto a mi ex novia, con la que en algún momento, no dentro de mucho tiempo, tengo planeado volver para iniciar una nueva etapa de monogámica felicidad, llena de hijos y de jardines. Nada peor que los ladrones vendedores de fotocopias que me atendieron en la universidad pública cuando yo tenía dieciséis años, yo tenía dieciséis años y cansado de esperar en una cola interminable llena de gente con morrales y rodeado de pancartas sucias llenas de siglas que no me interesaba descifrar empecé a quejarme en voz alta, después de corroborar que no había ninguna sofisticada rubia anarquista a mi alrededor empecé a decir que no podía creer que ese antro fuese una universidad, que me resultaba un divague que los estudiantes tuviesen que hacer esas colas para pagar por unas fotocopias, que me resultaba delirante que las fotocopias no estuviesen preparadas y que cada estudiante tuviese que esperar a que se piratearan quinientas hojas para el tipo que estaba adelante suyo en la fila, y pedí el libro de quejas, como mamá hacía siempre pedí el libro de quejas. Respetuosamente pedí el libro de quejas pero lo que recibí en su lugar fue un libro anaranjado, un libro anaranjado en cuya tapa, letras negras, podía leerse El Capital, fue así, los graciosos ladrones que trabajaban en esa abominable letrina fotocopiadora me dieron ese libro en lugar del libro de quejas, empezaron a reírse mientras me decían que primero tenía que leerlo, que primero tenía que leerlo y luego dejar mi comentario en la última hoja, y que hasta que no lo leyera por completo y dejara mi comentario no me iban a atender, y cuando les respondí tuve que soportar que me gritaran los peores insultos en la cara, que me tratasen de fascista en mi propia cara, que me comparasen con el abominable genocida militar Videla, sólo porque dije que su sistema de atención era muy ineficiente y que como todo negocio que lucra por medio de la atención al público debían tener un libro de quejas, sólo por eso. No me prestaron atención, no me escuchaban y seguían exigiendo que leyera ese libro tan aburrido y repetitivo, ese libro tan mal escrito, el grupo de estafadores rentados por algún sucia y minúscula agrupación de ideales aún más adolescentes que yo acrecentaba sus burlas, lo juro, estos animales que ni siquiera habían leído a Saer seguían con sus burlas mientras me exigían que leyese ese libro horrendo, hasta que no aguanté más y empecé a arrancar sus hojas, empecé a arrancar las hojas de ese libro estúpido y resentido, y a tirarlas por los roñosos pasillos de ese antro que se hacía llamar universidad pública. Eso los enfureció de sobremanera y entonces empezaron a empujarme, incluso las dos chicas que aparecieron de repente y de ningún modo parecían glamorosas lectoras de Roland Barthes empezaron a empujarme y a escupirme, y en ese momento supe que sería imposible escapar, que por más que yo pudiera hacerme cargo de dos o tres de esos barbudos sidosos que me estaban imprecando me sería imposible salir entero de esa universidad pública, y obnubilado por el temor cometí un error fatídico, abrumado por el miedo de que me contagiaran el sida y engañado en mi inocencia adolescente empecé a gritar que no me atacaran, que me devolvieran la plata que me habían quitado del bolsillo para reponer el libro que yo había roto, empecé a gritar que no me atacaran porque yo también era peronista, que venía de una familia peronista, que mi abuela había sido una maestra peronista, que de adolescente mi madre había salido con un militante peronista, que en mi casa mi padre tenía la biblioteca entera de la doctrina peronista escondida en la baulera del edificio, que de chico yo había ido a comer choripanes a un acto peronista invitado por el hijo del portero de mi antiguo edificio del barrio de Flores. No funcionó, obviamente no funcionó y los estafadores se enfurecieron todavía más, se pusieron más violentos y más irónicos, les molestó de sobremanera que para colmo yo fuera peronista y no marxista, ahora lo entiendo, y por eso me empujaron, me sacaron parte de mi plata para comprar otro tomo 1 de El Capital, me sacaron tanta plata que supuse que tenían planeado comprar todos los tomos, unos tomos que igualmente su pereza intelectual y su desidia les iban a impedir leer, porque según la tía del Duque que es docente en la carrera de Filosofía de esa universidad los estudiantes son un monumento a la desidia, un grupo de ignorantes que ni siquiera merecen estar en la universidad pública, unos ignorantes irrespetuosos que ni siquiera se preocupan en aprender alemán tras haber decidido estudiar filosofía, unos vagos de mierda sucios que ni siquiera tienen las capacidades básicas necesarias para interpretar un texto, ni que hablar de comprender el monumental pensamiento de un genio como Edmund Husserl. Terminé huyendo como una rata, escapé de ese tugurio como una rata herida escapa de una fumigación, y con el poco dinero que esos estafadores habían dejado en mi billetera me arrojé al interior de un taxi, donde rompí en llanto, lloré durante los treinta y cinco o cuarenta minutos que separan esa Facultad del barrio de Recoleta, de mi departamento ubicado en Las Heras y Callao, de mi departamento con vista al río, y cuando llegué a casa me encontré con que Stany leía el mismo libro que los estafadores estudiantes de la fraudulenta universidad pública habían usado para escarniarme, un horror. Me da vergüenza escribirlo pero eso me hizo llorar todavía más, lloré de una forma que nunca antes había llorado, pese a que odio llorar no pude evitarlo, lloré como una mujer, o como un homosexual, e incluso tres días después no quería mirarme al espejo por miedo a encontrar las huellas de ese llanto visceral en mis facciones, lloré como un animal herido hasta que Stany me explicó porqué leía ese libro, hasta que se tomó el trabajo de explicarme porqué leía ese libro y cómo lo leía, dijo que lo leía como se lee una novela, que lo leía como una fábula antiperonista, y también pasó a explicarme porqué sus compañeros de la universidad pública me habían tratado así, me explicó su teoría del miedo de los estudiantes, y después me prometió regalarme un día de spa en el Hotel Sheraton donde sus admirados montoneros querían hacer el hospital de niños, y no sólo me lo prometió sino que me lo entregó el fin de semana siguiente, me regaló un fin de semana de spa en el Sheraton porque dijo que siempre, que siempre es mejor reir que llorar, y que siempre mejor que decir es hacer, y que hacer nunca es lo mismo que pensar, nunca.

martes, 2 de diciembre de 2008

Entrevista con el Vampiro


Volquer, difamado en una oscura entrevista por mail.


1) ¿Usás twitter? ¿Te aporta algo como escritor? ¿Qué?

No, no entré al twitter. En general, llego tarde a las modas. Supongo que en algún momento entraré, al igual que terminé entrando al blog cuando siempre había dicho que era una pérdida de tiempo. Pero por el momento el twitter no me simpatiza.

2) ¿Cuál es el propósito principal de tu blog?

-Espacio de autopromoción
-Espacio de construcción de tu obra
-Espacio para trabajar un estilo/probar voces
-Espacio de interacción con lectores
-Otro

El principal no es ninguno de esos. Mi blog (
www.elvolquete.blogspot.com) funciona a modo de espacio residual de desdoblamiento personal. No lo hago yo, lo hace Volquer, con quien mantengo una serie de rupturas y continuidades. Volquer es más agresivo que yo, es republicano y escribe poemas. Ambos somos peronistas, pero yo soy movimientista y Volquer es partidista. Sé que esto es medio esquizofrénico, pero funciona así. Además, también participo en blogs colectivos. Uno el de editorial Tamarisco (www.hojasdetamarisco.blogspot.com), y otro blog más dedicado a la política cultural (www.haciaelbicentenario.blogspot.com), que a mi juicio es el mejor blog que apareció este año.
La interacción con los lectores a través de estos blogs me interesa poco. Que los lean, si quieren decir algo que manden un mail. El comment es uno de los géneros discursivos más estúpidos que se crearon. Por eso ni en el Volquete ni en Heb permito comments.
También son espacios de construcción de obra, pero ese concepto, obra, no me gusta. Me parece pomposo y anticuado. Lo que hay acá son prácticas de escritura. Así que si tengo que privilegiar uno de los usos que proponés diría que es autopromoción. Narcisismo puro y gratuito. Esto nos coloca en una paradoja, porque en un país donde el “mercado” de lectores de ficción nacional no supera los 400, la “autopromoción” no es racional con arreglo a fines ulteriores, esto es, a fines que vayan por fuera de la propia acción. El blog es un acto de amor a mi mismo y a la escritura, me hace bien. Me descarga.


3) ¿Cuánto tiempo le dedicas promedio al blog?

2 horas por día, entre los tres blogs.

4) ¿Desconectás Internet para escribir? ¿En que casos sí y en que casos no?

No, nunca la desconecto.

5) ¿Crees que twitter y el blog te quitan energía creativa para escribir otras cosas?

Siento eso, pero al mismo tiempo creo que no es así. Para mí no hay separación entre “obra” y “blog”. Son lo mismo. Cuando escribo ensayos de análisis cultural fast food para cualquiera de mis blogs, no pienso “esto no es ficción, estoy perdiendo el tiempo”. Más bien lo gano, porque la ficción no le interesa a nadie y a mí más que la ficción me interesa el cruce entre el discurso político, la verborrea del conocimiento sociológico, el ensayo y la literatura. Experimentar con eso, sin caer en la experimentación vacía de las vanguardias que, ya se sabe, fracasaron.

6) ¿Cómo separás lo que va para el blog y lo que va para libros? ¿Hacés muchos cruzamientos entre los formatos? ¿En qué casos? ¿Algún ejemplo?

El ideal sería cruzarlos más, pero no es fácil. Por ahora, hubo experimentos lamentables a la hora de cruzar el discurso tamizado por la web con la publicación clásica en papel, como alguna novela de Daniel Link y la publicación de blogs francamente malos. Casciari es una excepción, pero él hace confluir antes que cruzar. Intento experimentar con esas cosas, aunque el libro que voy a publicar no tiene absolutamente nada que ver con el blog, es un libro de cuentos. Es totalmente pre-blog.

7) ¿Pensás que el estilo imperfecto, “inacabado” del blog ¿se traslada a tus cuentos/relatos/novelas ?

No creo que el estilo del blog sea necesariamente imperfecto ni inacabado, pero es indudable que hay un solapamiento. Si uno tiene ciertas prácticas, cierta relación con una superficie, esto transforma la experiencia y esa modificación deja sus huellas en la escritura. No lo lamento ni lo celebro: es así. Resistirse a eso no es bueno ni malo, depende de cómo se lo haga. Pero habría que empezar a pensar en los nuevos tipos de lectores que inventan las superficies como el blog.

8) A la hora de hacer una distinción entre cómo escribe para el blog y cómo escribe para el papel, el brasileño Daniel Galera dijo esto: “Cuando escribo literatura asumo una postura distinta ante el lenguaje. Es un estado de espíritu, asumo otras expectativas con respecto a mi mismo”. ¿Estás de acuerdo? ¿Por qué sí o no?

No. Porque creo que esa frase encubre un modo de pensar a la experiencia literaria, y en consiguiente al lenguaje, al trabajo con el lenguaje, como un reducto de lo sublime. Es un tropo típico del romanticismo, remixado por el formalismo ruso, y no me interesa en lo más mínimo. No sólo no me interesa, sino que me parece conservador y regresivo. Yo no leo así, no me interesa el preciosismo, me interesa la densidad social. La literatura es densidad social. Es conflicto, incomodidad. Y es la posibilidad de generación de comunidad en torno a unas prácticas materiales determinadas que no deberían agotarse en la lectura individual. Pensarla en tanto pura experiencia estética, o como un modo de extrañamiento de la percepción, es celebrarla como un conjunto de prácticas de elite que, la verdad, no tienen ningún tipo de significación social en nuestros días. Si lo importante en literatura es una postura frente al lenguaje, la literatura sería muy patética. Incluso prefiero pensarla como entretenimiento.

9) Muchos dicen que los textos online llevan al autor a constituirse como un personaje más de sus ficciones, tal vez el más importante, ¿cómo te llevas con esto? ¿Lo fomentás? ¿Luchás contra eso? ¿Crees que la ficción se basta a si misma?

La ficción nunca se basta a sí misma. El “giro autobiográfico” es la consecuencia natural de la pérdida del espacio público moderno para lo literario, eso es lo único cierto. No es bueno ni es malo, es. Algunos no pueden salir de eso, y no me preocupa. Sus textos van a interesarme o no dependiendo de lo que hagan con esa primera persona. Para mí es una herramienta, pero, al mismo tiempo, la significación del uso de esta herramienta está determinada por su valor social. Nunca lucharía contra eso, trataría de comprenderlo.

10) ¿Cuál es tu percepción sobre el futuro de la escritura online? ¿En que aspectos crees que la computadora (Internet, blogs, twitter) está cambiando la literatura?

Internet, los blogs, el twitter, no son factores exógenos que cambian la literatura, sino que son parte de la literatura. Lo que hay acá son tensiones entre formas antiguas de entender a “lo literario”, y cambios sociales y tecnológicos que las están pasando por arriba. Por eso, para mi lo importante es cómo se lee. Estoy seguro de que el blog tiene que ver con eso, pero también la televisión tiene que ver con eso, el cine. La literatura es un sistema de códigos sociales que sirven para ordenar ciertos materiales escritos. La escritura como práctica social ya cambió, hay que ver cómo se reacomodan esos códigos. Esto es un proceso de lucha por hegemonías culturales.

viernes, 21 de noviembre de 2008

La basurización


Una apostilla sobre política cultural: en vez de hacer del FILBA algo más extenso y de diseminarlo por la ciudad, el Gobierno de la Ciudad invierte cifras siderales en campañas como esa de la gente que hace deporte metiendo basura en los tachos. Campañas que, leídas como discursos sobre la moral e higiene públicas, dejan sin embargo una estela de resonancias que estamos tentados de, al menos, mencionar. Que el único proyecto colectivo dotador de ciudadanía enunciado por el Gobierno de la Ciudad sea el de meter basura en los tachos es una especie de fallido sobre la basurización de la ciudadanía política, donde el “hacer Buenos Aires”, esto es, el tapar baches, no llega a tapar el bache de la falta de imaginación de un proyecto político que piensa a la cultura como algo residual pese a contratar a Fogwill (el padre, no el hijo publicista) como ilustre asesor, seguramente muy bien remunerado. La noche de los museos, una iniciativa bastante border que bien podría desaparecer sin que lo lamentásemos demasiado, tuvo este fin de semana su versión más deslucida, fogoneada por la falta de recursos. La basurización llegó a tal punto que el Gobierno les “hacía un favor” a aquellos que presentaban sus intervenciones en los museos cediéndoles el espacio, sin la posibilidad siquiera de mencionar la chance no de pago, sino del mínimo apoyo logístico.
Esto se inscribe en la idea de que la cultura es sólo y exclusivamente generadora de recursos. El engranaje de la cultura, entonces, viene a soliventar la máquina del turismo, el gran generador de recursos por excelencia, que sufrió la espantosa desgracia de que a la hija de Bush le robaran la cartera cuando hippeaba por San Telmo.
Pero, al menos, Mauricio no pierde el tiempo. El otro día, Volquer se encontraba cenando en un exclusivo restó del barrio de Recoleta, negociando los derechos de una novela, Pinamar, con su misterioso autor, que por el momento se niega a publicarla por miedo a las repercusiones inmediatas provienientes no sólo de su entorno social y familiar, sino del misérrimo campillo cultural de Buenos Aires. En la otra mesa, la nueva novia de este joven narrador de la joven guardia y la NNA y la NBA y las FFAA vigilaba las negociaciones junto a una amiga. A mitad de la noche, nuestro Jefe de Gobierno ingresó al local, acompañado de su joven pareja y de sus guardaespaldas. Cuando la pareja del Chief Macri fue a empolvarse la nariz al tocador, el valeroso guardaespaldas se acercó a la novia del joven escritor argentino autor de Pinamar y le entregó la tarjeta personal de su patrón: "Dice Mauricio que cuando quieras lo llames".
Volquer tomaba notas, con minucia. Sabía que, a diferencia de otras falluteces que se publican por ahí, esto es absolutamente cierto.
"Al menos el Jefe no pierde el tiempo", pensó.
Afortunadamente, el autor y novio de la señorita en cuestión se enteró de esta singular y patriótica movida una vez que Mauricio se había retirado, triunfal, del establecimiento. Afortunadamente, decimos, porque el muchacho en cuestión sufrió de un terrible ataque de ira. Rompió vasos y arrojó manteles al suelo, y salió a la calle bajo del grito de que iba a matar a nuestro Jefe. Desencajado, terminó salivando contra un impertérrito semáforo.
Volquer intentó consolarlo, tras desairar al minúsculo empleado que pretendía cobrarle los gastos. "No seas moralista, che. Que esta belleza, digo, que tu novia sea más chica que las hijas de Mauricio no significa nada. Yo que vos me preocuparía en que no lo llame".

martes, 18 de noviembre de 2008

Antitwitter



Leido en Diario Popular cuando viajaba en el colectivo línea 92:

Muere de rabia en Abasto perro traido de Bolivia


Leido en Literatura Argentina y (realidad) política, colectivo línea 110:

Corresponde preguntar también, en esa secuencia de cosas, si Walsh, con los rasgos artesanales de su producción, representa una suerte de cristianismo primitivo dentro de este linaje periodístico, ¿Verbitsky, acaso, representa la institucionalización correspondiente al catolicismo?


De pronto lo veo claro. Huida del mundo, aceptación del mundo, transformación del mundo. Escritores confucianos y escritores zoroastros, la santa prostitución del alma. Una idea que, por el momento, quedará estancada.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Crónica de un happening. Sobre La Beca.


1.
Mientras tomábamos una Brahma un poco tibia en la plaza Houssay, le comentaba a mi amigo Joaquín que desconfío de las performances, los happenings y el arte conceptual. A unos pocos metros, unos pibes jugaban un seis contra seis en medio del cemento, los arcos hechos con ropa y mochilas. Tenía ganas de ir a jugar con ellos, pero sin embargo hablaba. Mis argumentos eran que si hace unas cuantas décadas ese tipo de arte podía ser inscripto como un gesto innovador, hoy me parecía un poco agotado. No podía dejar de ver que el antiguo anhelo de romper las barreras espectador / artista generando un hecho político, había fracasado históricamente, y que no me parecía que las comunidades que se generan en un happening, siempre evanescentes, transformen un estado de cosas que vaya más allá de la instantaneidad de su numerito. Un poco pesado, atragantado con mis propias palabras, insistía con que cuando el arte conceptual se convierte en un diálogo entre entendidos, sin posibilidad de trascender las microafinidades que al mismo tiempo lo catalogan y consagran, pierde potencia en términos sociales, por más amistades y micropolíticas que produzca.

- No, le dije a Joaquín, esto de la vanguardia es cualquiera. Ya fue.

Con todas estas “prenociones” fui a ver el happening ¿Querés una beca? Chupame un huevo, organizado por Gustavo Moscona. A Moscona lo conocía sólo de nombre.

2.
A medida que pasaba el tiempo nos fue ganando la ansiedad y decidimos ir. Éramos unos cuantos, y el plan consistía en irnos rápido si nos aburríamos. Comprar más cerveza, volver a la plaza o ir al bar de la facultad. Otra opción era ir el FILBA. Viernes a la tarde. La ansiedad de un viernes a la tarde.

3.
Hay que decirlo: apenas entramos al aula y vimos que estaba llena, hubo algo que cambió. Empecé a sentir que iba a pasar algo importante. No teníamos lugar para sentarnos, y fuimos a parar al suelo, justo a un costado del escritorio que formaba parte del decorado del happening. Nos repartieron globos que inflamos y explotaban de sólo tocarlos. Corridas, preparativos, bastante expectativa. Pero lo que pasó después supero todo. Lo que vino después pasó por encima a todas las expectativas porque el happening fue un verdadero acontecimiento político cultural. En este sentido, la cantidad de gente no es un hecho menor. Sabemos que la significación social de cualquier hecho artístico se transforma dependiendo de su contexto de recepción y de su circulación social. Y el aula Kosteki-Santillán era una fiesta. Antes de que empezara el happening era una fiesta, antes de que se inflaran los globos. La energía, la seriedad no solemne con la que nos recibieron y se movían los chicos que participaron de la organización, los actores, los performers, los artistas, generó un clima muy especial.

- Grosso, eh. Menos mal que vinimos. ¿Compramos una birra?

4.
Desde el principio, desde el título, Gustavo Moscona, la gente de sociología contraataca y los muchos que pusieron el cuerpo para que la cosa funcionara nos lo habían advertido: esto no es un happening, esto es la beca. La beca. ¿Pero qué es la beca? ¿Un régimen de vida? ¿Una salida laboral? ¿Un premio? ¿Un sistema de exclusión? ¿Una metáfora sobre la producción de conocimiento en nuestro país? ¿Una forma de canalizar –y mutilar- la líbido política retirándola de lo colectivo para remunerarla en lo individual? ¿Un happening? ¿La beca como un happening donde se escenifica una producción de conocimiento inútil? Si entre muchos otros, hubo un hilo capaz de conducir la superposición de situaciones que se escenificaron a lo largo de las casi dos horas que duró ¿Querés una beca? Chupame un huevo, ese hilo fue la voluntad de que la pregunta por la beca se politizara, y, al mismo tiempo, invitara a pensar toda la serie de oposiciones y de situaciones que se configuran en torno a la beca y a la vida universitaria.

Todo esto, en un contexto particular, en una facultad, la de Sociología, que no puede dejar de interrogarse sobre el destino y la productividad política de las becas, y sobre todo el tejido de relaciones sociales que estas organizan. Un tejido de solipsismos que prefigura la continuidad del neoliberalismo a la hora de producir saberes.

5.
A mí, que tengo una beca, la pregunta me movilizó. A muchos de mis amigos, que tienen o van a postularse a una beca, también. Aunque quizás a cada uno de manera diferente. Que la pregunta por la beca se politizara, decíamos. Que tuviera un arraigo local, específico, en la carrera de sociología, en la facultad de sociales de la UBA. Eso es politizar. Hubo algo de catarsis en el happening. El hecho de que el tema elegido fuese justamente la beca consiguió que ahí adentro, en el aula Kosteki-Santillán, se activara un trauma colectivo. Catarsis interrumpida, entonces, porque lo que quedó flotando en el aire cuando todo terminó fueron los vapores del hagamos algo más con el agradecimiento que generó el amor que habían puesto en el happening todos los que participaron.
Pero decíamos también oposiciones y situaciones. Tomemos nota de algunas de las que llegué a anotar en el anverso del volante de una agrupación:

a) Las chicas, las modelos, y la exposición de las becas como algo fashion: las becas como objeto de deseo. Esto, confrontado a la repetición de consignas políticas, muchas veces anacrónicas o vacías por parte de las modelos. Ganar una beca, gritar en el vacío. Consignas políticas que se gritan en el vacío. Una serie posible. Porque a la beca hay que seducirla, conquistarla. Requiere todo un arsenal de estrategias de seducción, que se inician con el director de beca. Becas y carisma, también, en la primera parte, donde el evaluador recibía los proyectos. Se sabe: lo que define, muchas veces, es el director.

b) El deseo que canalizan las becas pudo sentirse también en otros momentos: desde el becario acosado sexualmente por la directora, hasta la genial pareja de Moscona y su novia, que discutían en videoconferencia. Él, en Europa, en el frío de Europa, le propone una pareja abierta, a ella que no sólo tiene que trabajar en Buenos Aires vinculada a rubros que no tienen nada que ver con su formación, sino que, en la perspectiva del becario, le debe todo porque “él la formó”. La liberación final a través del baile, en oposición a los cuerpos inmóviles de los becarios.

c) La beca y el espacio. Las becas son de la ciudad, de Buenos Aires, y no llegan al Conourbano. ¿Qué porcentaje de los becarios de Sociales vive en el Conourbano? ¿Qué porcentaje de los becarios asistió a colegios de elite, principalmente el Carlos Pellegrini o el Nacional Buenos Aires? Las becas como un sistema de confirmación académica de la segregación urbana. Becas y disciplina.

Podría haber muchos más, pero esto sería demasiado largo. La presencia, por ejemplo, del cuerpo popular real, del sujeto real de La Matanza, al que se lo estudia incluso cuando coge. Toda la diversión y la tensión juguetona que generaba el espiral entre paródico y de denuncia del resto de los fragmentos, se resignificaba con las apariciones del pibe que hizo dos reclamos puntuales. Primero un reclamo de sinceridad: cuando roba a los docentes, estos tienen que decir lo que piensan: “Hay que meter bala en la villa, no se puede más con estos negros de mierda”. Segundo, un reclamo de autoanálisis: en lugar de preocuparse tanto por cómo cojo, miren lo que hacen ustedes. Pregúntense por la beca.

En este sentido, fue tal la incomodidad que generaban estas irrupciones, que se las intentaba neutralizar con el aplauso. Le dije a Joaquín:

- Mirá como aplauden, boludo. Se ponen nerviosos.

Yo estaba nervioso.

6.
La contraparte de estas irrupciones eran las de otro de los pibes con talento y cosas para decir que tuvimos la suerte de ver en La Beca: ese que venía anunciando el nacimiento de la beca con diferentes disfraces, y funcionaba como descomprimidor al tiempo que tenía una especie de función coral.
La consigna era: se viene la beca, la beca está naciendo, se viene la beca.
Al final, venía disfrazado como delegado gremial, o representante sindical, y terminaba negociando becas para repartir como prebendas entre los otros que lo acompañaban con un bombo. La pregunta que dejó instalada fue: ¿algo está naciendo o vamos a negociar? ¿puede nacer algo sin negociación? ¿cómo negociar un nacimiento, que es del orden de lo que no se puede prever?
O, en otras palabras: ¿Qué hacer? ¿Qué hacemos con las becas, esto es, con este sistema de producción y distribución del saber y de las remuneraciones?

7.
Cuando terminó la perfo, todos se saludaron, se abrazaron, se felicitaron. Sabían que, más allá de algunos baches y otras repeticiones, habían conseguido generar algo grande. Un verdadero acontecimiento político cultural en la facultad. En su facultad. En su situación.
Esta crónica salió publicada ayer en el blog de sociología contraataca. Ver link en cuerpo de texto.

viernes, 14 de noviembre de 2008

¿Querés una beca? Chupame un huevo


Hoy, en un rato, "happening" en Sociales.
El título suena tentador. Vamos a ver qué onda.

martes, 11 de noviembre de 2008

Sobre Los Topos, de Félix Bruzzone


El muchacho que vive conmigo no resiste el tape e inició su estelar carrera como reseñista literario.


Poética del aturdimiento


Los Topos, la primera novela de Félix Bruzzone, parece un film de Wes Anderson (Los excéntricos Tenembaum, La vida acuática, The Darjeeling Limited), donde lo ligero del absurdo pop se cubre de melancolía, pero atravesado por flashes oníricos del cine japonés más violento. Hay, sin embargo, otra diferencia quizás más profunda. Lo que Anderson construye como tragedias familiares que se proyectan hacia la dimensión íntima de pequeñas comunidades en viaje, bajo la mirada de Bruzzone se transforma en tragedias políticas centradas en la condición de hijo de desaparecidos. Nace entonces una poética del aturdimiento que, pese a cierta recursividad en la prosa, despliega una verdadera máquina de guerra capaz de establecer un quiebre generacional en lo literario y de reacomodar los modos de apropiación de una variedad de discursos heredados sobre la historia nacional. Esta propuesta, que podía leerse en ciertas partes de 76 (Editorial Tamarisco), su primer libro de cuentos, adquiere en Los Topos un desarrollo cabal y acaso inesperado.

La novela avanza en forma vertiginosa. Deambulando por territorios fronterizos entre la ciudad/lo público y el hogar/lo privado, el narrador se cruza con personajes que van a contribuir al avance del relato y a transformar su identidad como hijo y como sujeto deseante. Pero todo cambia a partir de la irrupción de Maira, un travesti del que se enamora y pasará de ser posible infiltrado policial en HIJOS (topo) a posible vengador de genocidas, de posible hermano nacido en cautiverio, a posible neo-desaparecido. Maira viene a quebrar un verosímil que parecía orientarse al thriller, y lo que se abre desde ahí es una exploración del inconsciente político del amor fraterno y romántico, perverso y filial. Triángulos y hexágonos amorosos, pesquisas y un viaje al sur, conforman una atractiva historia que alegoriza un cuestionamiento hacia las políticas que piensan a la memoria como museo del pasado, y que apuesta por un vitalismo de a momentos estremecedor.
Publicado en el suplemento Culturas del Diario Crítica, 8/11/2008.

lunes, 3 de noviembre de 2008

SIMEONE


El Cholo tiene marcas en la nuca,
senderos rojos, como de sarna,
que recorren su nuca transpirada
como la banda roja recorre camisetas
de jugadores que ni siquiera merecen ver el tape
con el gol del Cholo a Colombia en aquel partido.

Simeone es un mohicano del viejo Palermo,
y cuando era chiquito, y jugaba en Vélez,
el padre le silbaba desde el tribuna,
y el Cholo corría, con el cuchillo entre los dientes,
el Cholo de Pavlov iba al suelo a raspar en los potreros de Liniers,
el último mohicano de Pavlov rompía ligamentos y masticaba tierra
en los campos de batalla,
sin saber que en pocos años
iba a embarazar a Beckham, a Victoria Beckham, y al puto de Michael Owen,
iba cogerse a los ingleses de parados,
y a quedar en mi memoria para siempre.

En la ruta a Misiones hay un micro.
La nuca sarnosa del Cholo viaja por Misiones,
en un micro,
la ruta abre la tierra roja,
y la nuca transpirada, herida,
la mente infectada del Cholo no se hace cargo,
porque más que roja es fucsia,
la banda roja de la nuca del Cholo es fucsia,
el infierno del Cholo es fucsia y en su mente la boca sangra,
los labios sangran sobre la remera de Racing,
que el Cholo esconde bajo su camisa italiana,
bajo ese disfraz que no se saca nunca,
y que me rompe tanto las pelotas.

El Cholo abandona el micro en Brasil.
Su mujer todavía no sabe,
el tipo que está con su mujer todavía no sabe,
porque están en la playa y no saben,
que el Cholo los espera en su habitación,
el Cholo toma caipirinha devaluada y afila su cuchillo con los dientes,
el Cholo come camarones devaluados y afila sus dientes con el cuchillo,
encerrado en un placard, mientras por la tele,
mira un especial de su campaña en la Selección,
y el culo le duele porque los recuerdos duelen,
y el Cholo se lo rompió cuando jugaba, se cortó la boca, se tragó la sangre,
y cuando vuelvan,
cuando su mujer y el hombre ese con una musculosa de Brasil vuelvan a la habitación,
el Cholo les va a regalar la banda roja,
la sarna,
les va a tatuar la sarna en todo el cuerpo,
los va a hacer relleno de empanada,
primero la verga del tipo, entre los dientes,
y después las achuras, el resto.

Cuando el Cholo termine voy a irlo a buscar,
vamos a limpiar todo,
vamos a comer empanadas con el chuchillo entre los dientes,
a mirar el tape,
a llorar con los goles del Cholo, con sus patadas,
vamos a limpiar su habitación y en la playa,
mientras los brasileros bailan como monos
vamos a incendiar esa camisa italiana,
vamos a quemarla para siempre,
sobre la arena, carbones tibios en la arena y las lágrimas del Cholo,
que va a estar listo para volver a Racing,
el Cholo va a volver a Racing y después,
con un poco de suerte,
a la Selección.

viernes, 24 de octubre de 2008

La noche en que volví a creer en el rock



La verdad, cada vez sentía al rock como algo más ajeno.
Toda esta cosa del “nuevo” indie tenía algo que me rompía las pelotas, y salvo casos como Bauer o algunas cosas de unas pocas otras bandas, me aburría muchísimo: más de lo mismo. Boludos sensibles y neohippies de zona norte, en la mayoría de los casos.
Me parece que todavía que hay que pensar mucho las cosas que dejaron Los Redondos y Babasónicos, las últimas dos bandas argentinas que tuvieron algo por narrar.
Dos fenómenos del pasado.
Pero ahí, en el ZAS, estaba el Perro Diablo.
Dos pendejas que habían ido a ver a los teloneros, en un momento, salieron corriendo de la sala. El cantante del Perro las siguió y cerró la cortina para que no volviesen.
Después, empezó a tirar discos a la marchanta.
Se notaba que los pibes se divertían. Y que se cagaban en todo.
La energía que circuló ahí fue impresionante.
El disco está genial, digo, se nota que hay laburo, y mucho, muchísima suciedad, rencor, ironía caústica, actitud punk sin necesidad de chupines AY not dead.
Pero ni se compara a verlos en vivo. Yo no los leo como una banda más, ni siquiera como una banda. Son otra cosa. No hay show, son instantáneos.
La música, la actitud, la oscura energía explosiva, las ganas de cagarlos a todos a trompadas que contagia El Perro los convertirían en dos segundos en la banda favorita de Roberto Arlt.
Fue una fiesta.
La noche en que volví a creer en el rock fue una fiesta.

El 6 de noviembre tocan de nuevo, en el mismo lugar.

martes, 21 de octubre de 2008

Fragmentos de una tesis enclenque I



Los posicionamientos de la SADE en tanto actor corporativo, que oscilan durante el peronismo entre la conformación de una trinchera de resistencia cultural hasta la mera defensa de los intereses gremiales, llegando hasta la pasividad y la inoperancia cuando algunos escritores son encarcelados, no sólo nos habla de los desencuentros entre la intelligentzia nacional y el peronismo entre 1946 y 1956, ni de la batalla por adueñarse de los significantes supuestamente beneficiosos del antiperonismo al interior del campo cultural posterior al golpe de 1955, sino que nos ilustra sobre el peso social y las posibilidades de los escritores de posicionarse como interlocutores válidos del gobierno y también de la sociedad, que visualizaba a su profesión como un espacio prestigioso. La sociedad de escritores como actor corporativo y una forma de sociabilidad articulada con las disputas políticas, los escritores interviniendo en la esfera pública como intelectuales pese a la limitada relevancia social de sus obras, al menos en comparación con los autores extranjeros. De las conferencias de Lugones en 1913 a la organización de los escritores provenientes de diferentes tendencias estético-políticas en torno a la SADE opositora al gobierno de Perón, las transformaciones en el rol social del escritor y su investidura de prestigio acaso irradiada desde el campo y la importancia de los intelectuales para la cultura escrita de la época, acompañan el desarrollo de un campo de la edición literaria cada vez más autónomo y diferenciado, que sin embargo muestra diferentes facetas, y cuyo desarrollo no es necesariamente acumulativo en términos de independencia política y especificidad de las tareas desempeñadas por el editor.

jueves, 16 de octubre de 2008

Ezeiza


Por primera vez, hice un tour académico a la cárcel de Ezeiza. Fui a dar clases a una presa que está a punto de recibirse de socióloga. La única carrera universitaria que puede estudiarse en Ezeiza es Sociología. El dato tiene la estupidez brutal de la realidad burocrática. La estupidez brutal de una institución como la UBA. Una institución brutal y estúpida a la que sin embargo hay que defender. Hay que defender el proyecto de la UBA. Hay que atacar su burocracia, la estructura de sus carreras, su desvinculación del Estado y del aparato productivo. Soy un fiel partidario del cupo en las carreras, ingreso irrestricto pero con cupo, gratuidad absoluta pero con cupo por carreras. En Filosofía, por ejemplo, yo pondría un cupo de 20 estudiantes por año. Es la peor carrera de toda la UBA. Al menos de las que conozco, que son bastantes y tienen varias fallas. La carrera de Filosofía es la peor. Me repugna la relación con el saber y las manías, las afectaciones de la carrera de Filosofía. Pero no iba a hablar de eso. No iba a hablar de eso y otra vez me fui de madre.

Mientras volvía, mientras el auto de la profesora que me llevó avanzaba retozando por la colectora, bordeando la villa que hay frente al predio del servicio penitenciario nacional, la villa a la que imaginé deben ir los presos a esconderse si consiguen escaparse, porque pensaba en eso todo el tiempo, en las posibilidades de escapar de esas cárceles y terminar en medio de la autopista, casi sin ropa, a las tres de la mañana, un poco empastillado, con pasta base o un poco de merca para vender en el bolsillo, con suerte unas monedas para tomar el colectivo y la mirada en el suelo para no llamar la atención, el ladrido de los perros, los mismos perros que cagaban o tomaban agua sucia mientras bordeaba la villa que hay frente a las cárceles hundido en mi cómodo asiento de profesor universitario ad honorem que vuelve en auto a su realidad ad honorem de profesor universitario, o quizás otros perros, perros entrenados por la policía, perros drogados y hambrientos de carne tibia y dulce, miraba perros y pensaba en escapar de una cárcel en la que apenas había pasado tres horas y a la que volvería recién en dos semanas, porque en dos semanas tengo que volver a Ezeiza, me van a pedir los documentos, voy a tener que esconder todos los objetos de valor que hay en el auto de la persona que me lleve para que los propios policías no se los roben, voy a entregar mi cédula de identidad, voy a volver a la cárcel como un profesor universitario ad honorem que nadie sabe que es ad honorem en primer lugar porque a nadie le interesa y tienen razón en que no les interese, tienen razón porque ahí todo el mundo está demasiado ocupado en sobrevivir como para preocuparse en otras cosas, la chica que me mostró los moretones y las marcas de la faca con la que la habían atacado esa misma noche, presa por un robo con caño cuando tenía diecinueve, estaba muy ocupada en sobrevivir, muy preocupada por que la sacaran de ese pabellón de una buena vez, y me dijo que no estudiaba sociología porque no le interesaba, porque al salir no iba a servirle para nada, porque ella necesitaba un trabajo, necesitaba terminar el secundario y los profesores del servicio penitenciario apenas estaban capacitados para enseñarle cosas del primario, los profesores del servicio penitenciario que saludé con un beso al entrar a la cárcel y que me parecieron tan amables no podían o no querían enseñarle físico-química y ella no podía terminar el secundario, y mientras yo volvía ad honorem en el auto universitario de la profesora que me llevó pensaba en eso, en la razón que tenía la profesora al decirme que esa y todas las chicas que estaban ahí adentro iban a reincidir, que la enorme mayoría de las chicas que caen ahí adentro reinciden, la gran mayoría de las chicas que hay ahí adentro están presas por tráfico de drogas, que las penas de las chicas que están ahí adentro fueron aumentadas gracias al efecto mediático de Blumberg, que las mujeres mayores a veces preferían no salir de la cárcel porque afura no tenían nada, porque los hombres, a diferencia de las mujeres de los presos, nunca las iban a visitar, las reemplazaban muy rápido, porque los hijos les daban la espalda, porque además el personal penitenciario les hacía la vida imposible a los familiares que venían, porque el personal penitenciario hacía todo lo que encontraba al alcance de sus posibilidades para que las chicas ahí encerradas no tuvieran contacto con sus familiares, y mientras la profesora me contaba todo eso y muchísimas otras cosas yo miraba por la ventanilla, mareado con las paredes y las publicidades de la ciudad, mareado en mi compulsión a leer todas las publicidades y a pensar que está comunicando esa marca y porqué lo hace, mareado con las ventanas simétricas y las bicicletas apoyadas sobre la baranda de los balcones, con la ropa colgada de un ventiluz, con las irregularidades de un asfalto hecho con azúcar negra, las irregularidades de unos edificios atravesados por facas, compartimentados por facas húmedas que les desparraman sus manchas húmedas y silenciosas en techos y paredes al limpiarse como se limpia un cuchillo tramontina manchado de ketchup sobre el pan, manchas cada vez más grandes, cerrar los ojos, abrir las ventanillas y que las manchas de humedad o de pintura, los azulejos que faltan en las paredes, la profesora que cuenta las internas de poder del servicio penitenciario, la profesora que dice que prefiere enfrentarse a un cana milico que a un progre disfrazado, todo eso, todo eso y la vocecita te marean, la vocecita con forma de mancha, la vocecita que se abre como una mancha y suena como la correa de distribución de un motor que mientras que pasaba todo esto, mientras que la ciudad se convertía, mientras que la ciudad se convertía en algo sin un afuera posible el motor se calentaba, la correa de distribución giraba y se esparcía por encima del motor caliente, el motor caliente sólo estaba caliente y miraba mareado a la correa de distribución que se esparcía como una máquina, una maquina de decirme todo bien, todo bien, pero vos sabés que a veces hace falta la pena de muerte, vos lo sabés, siempre estuviste a favor de la pena de muerte, estuviste a favor de la pena de muerte incluso cuando no lo estabas...




martes, 14 de octubre de 2008

Para leer el deleuzianismo middle-class




Nueva entrega del Diario de Lecturas de Terranova en Haciaelbicentenario:

Pero lo verdaderamente negro –cierto peronismo de trinchera, la mugre de la calle, la miseria, el desempleo, las ideologías erradas y arrebatadas, los estamentos bajos del Estado donde los burócratas subsisten dañando la sociedad con su pereza, y un largo etcétera–, esa negrura nunca se vuelve blanca.

lunes, 13 de octubre de 2008

Mi auto y yo


Mi viejo Ford Orion es un auto que nunca va a ser vintage.
No me molestan sus bollos, la suciedad de los vidrios ni la puerta despintada. El tiempo y el maltrato lo contaminaron de un aura que su diseño cuadrado y neutro nunca tuvo, ni siquiera cuando era cero kilómetro y no nos conocíamos.
A veces, pienso en ponerle unos cuernos de buey en el capot, encima de la parrilla. Dos cuernos separados por las vueltas de una soga áspera que raspe la piel.
Siento que me lo pide a gritos, y en esos momentos un violento sentimiento de cariño hecho de hierro y plástico y gomaespuma húmeda y grasa y aceites y líbido mal enfocada se derrama sobre el cuero caliente del volante.
Mi auto tiene la cara de un tipo que trabajó toda su vida bajo el rayo del sol, en un paisaje sin agua, con el viento que clava sus garras detrás de las orejas de la gente protegido por la indiferencia de los cables de electricidad y de todo lo demás.
Las mejillas de mi auto contenidas por dos arrugas donde el alcohol encuentra su reposo.
Cuando chocamos huesos y puertas crujen como si bailaran descalzos sobre cubitos de hielo. Es una especie de complicidad, y él la interpreta como la prueba fehaciente de que no está muerto.
Hace un tiempo pensé en venderlo. Fue una idea vaga y antinatural que todavía me produce culpa.
Mi viejo Ford Orion me la recuerda cada vez que arrancamos. Es una vibración. Entonces, le prometo que no.
Que por ahora no.

jueves, 9 de octubre de 2008

Autocensura




Puede ser, entonces, que el agotamiento se vincule con eso. Con la imposibilidad de ampliar su mercado que tienen las pymes escudadas en la independencia. Quizás, un buen título para la próxima charla sea “cómo hacemos para aumentar las ventas de libros que nos interesan únicamente a nosotros”. La idea de generar un circuito virtuoso alimentado por jóvenes críticos egresados de la carrera de Letras aparece como una apuesta prometedora.

martes, 7 de octubre de 2008

Anticipo exclusivo


El muchacho que vive conmigo anduvo escribiendo una especie de artículo para el nuevo número de La Contrarreforma - Revista que va a salir el 17 de Octubre. Acá va una parte de eso:
"Por el momento, basta con decir que lo que en Puig eran procedimientos vinculados al arte pop, en Umpi y en Paula pueden leerse como cuestionamientos hacia las doxas que atravesaban al proyecto cultural del pop. Lejos de la vindicación del pop como un posible sistema de referencias excluido hasta el momento de la representación (lo que sucedía en Forn, Fresán y cía.), la sensibilidad pop está naturalizada, y lo pop podría leerse entonces desde otro lugar. Lo pop, en estas novelas, más allá de los procedimientos y de liberaciones que nunca se concretaron, más allá de la tradición, podría ser entendido, siguiendo al crítico Hal Foster, como “realismo traumático”."
??????

sábado, 4 de octubre de 2008

jueves, 2 de octubre de 2008

BOCHINI


Los pases, los giros, las piernas de Bochini,
no tenían nada que ver con el ballet.
El fútbol le cayó en la cabeza como un rayo
y le quemó la gorra,
y lo convirtió en un Mozart disfrazado de bancario,
de farmacéutico, del tipo que te vende los boletos en el subte,
que vivió gran parte de su vida
creyendo que tenía cáncer.

Los pies de duende de Bochini
son un fino instrumento de precisión quirúrgica,
cansados de cortar tripas de indio,
pies de gaucho que nunca quiso ser soldado,
que nunca quiso ir al Paraguay,
ni a ninguna otra parte,
y que perdió un 25% del alma cuando en la tapa del Gráfico
lo sacaron con la camiseta de Boca.

No hay autopistas en las piernas de Bochini.
Ricardo Enrique Bochini no podría haberse llamado de otra manera.

Bochini era un X-men perfecto, fabricado con los genes de Yrigoyen.
y podría haber leído diarios hechos sólo para él
pero no lo hizo,
porque estaba demasiado ocupado, obsesionado, asustado
y enamorado del cáncer,
un cáncer rojo que se le multiplicaba de manera diminuta,
que iba a teñirle los dientes,
a asfixiarlo, cualquier noche de esas,
cualquier noche de mística copera y roja

¿Saben que dijo el 10,
una tarde calurosa de México,
allá por el 86,
cuando el cartelito de colores indicaba que iba a salir,
para que entrara el Bocha?
Se dieron un abrazo, cada uno a un lado de la raya de cal,
y el 10 dijo gracias maestro,
gracias por el fútbol.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Hegel tenía razón, y hoy usaría chupines verde botella


Minimalismo: arquitectura industrial y grandes depósitos

Pop art: marketing, supermercados, era del consumo

Arte conceptual: surgimiento del sector terciario y avance de las investigaciones informáticas

Sampling: carriles exclusivos, máquina de Dios

martes, 30 de septiembre de 2008

El llanto de tu novia en el teléfono


Estas sentado frente a la computadora,
con un libro de Adolfo Prieto,
un libro de páginas amarillas que dice
que hasta el momento
nadie se preguntó para quién escriben los escritores.
El libro es de 1956.
Lo publicó Leviatán, una editorial
que te conmueve un poco.
De a momentos,
te gusta más la sensación de tocar las hojas rugosas y amarillas
que lo que estás leyendo.
Suena el teléfono.
Te estirás para atenderlo y es tu novia.
Tu novia llora y te dice que la madre
de una de sus amigas
que la madre de una amiga suya que te cae muy bien
a la que conociste hace mucho tiempo, un verano
en un antro que no existe más
acaba de hacerlo.
Tu novia dice que tuvieron que tirar la puerta abajo.
Apagás la máquina, casi de un golpe.
Te levantás, también apagás las luces,
Y te quedás quieto, frío, duro,
parado al lado de la estufa,
con las rodillas que empiezan a dolerte
y la palma de las manos apuntada hacia el calor
Por un rato, solamente el ruido de la estufa.
Después, mientras calentás café en la oscuridad
la sensación de hachas
que atraviesan madera, hierro, puertas.
Hasta que encendés la tele
esperando ver
una imagen del purgatorio.

Y que los (y las) eunucos bufen


Acaba de salir al ruedo un nuevo blog colectivo que se las trae:



HACIA EL BICENTENARIO




domingo, 28 de septiembre de 2008

De vuelta


A todos aquellos que nos escribieron decepcionados durante nuestro periplo por la Walt Tourism World, a quienes creían que habíamos abandonado esta noble actividad, les decimos con amor: volvimos.

Volquer y yo estamos más vivos que nunca. La convivencia es dura de a momentos, pero nos queremos. Por eso aguantamos tantos años juntos.

Alimentados, como siempre, por el afecto de nuestros refinadísimos lectores.

Aunque a veces, el regreso, puede deparar extrañas sorpresas.

Como cierto parrafillo, una aguja en el pajar de calurosas felicitaciones que recibimos a diario, de una querídisima amiga. Una gran escritora y editora a quien admiramos.

Fieles a nuestra política anti - genuflexión que comprende la prohibición de solicitar ser linkeados por nuestros cuantosísimos amigos en el universo bonsai literario bloggeril, nos abstenemos de mencionarla.

Porque, lo repetimos, es una gran amiga. Que, suponemos, tuvo una mala tarde. Una mala tarde que podría tener cualquiera.

No obstante lo cual, puede ser divertido mencionar algunos de los equívocos.
Vamos, entonces, al grano.

Inútil hablar de la chicana sobre el supuesto "kirchnerismo" o "no kirchnerismo" de Volquer. Porque argumentar sobre una chicana que se monta sobre otra chicana no tiene sentido. Lo que si delata, la chicana sobre la chicana, o el "creemos que no es kirchnerista" es cierto esencialismo maniqueo a la hora de pensar los procesos de identificación política que circula en el campo literario.

Y ciertos reclamos de autenticidad que, a esta altura, nos producen una semi - sonrisita amarga.

La idea de un "pensar mal" no resiste el menor comentario. En todo caso, se prefiere a los que piensan mal antes que a los temerosos, o para decirlo más directamente, a los que se "despegan" por cagones. Sí es más interesante la idea de "pensar en lo inmediato". Esa es, justamente, una de las pocas virtudes que tiene el blog como superficie.

A menos que se esté pendiente de un supuesto "auto escrache" o vigilancia permanente de no imagino qué tribunal fantasmagórico, que tomará notas de lo que dijo Volquer, en contra de lo que escribió o piensa X, o el supuesto Volquer en la vida real.

Pero, sinceramente, queridos amigos, cualquiera con un mínimo de sentido común puede darse cuenta que la materialidad de lo que se publica en un blog tiene toda la seriedad y el peso que tiene este soporte, o sea, el blog.

Y que hacerse problemas por lo que piensen oscuros jueces culturales que no nos interesan es, por la mínima, ridículo.

Tan ridículo como tomarse en serio lo del marketing.

Porque el marketing, queridos amigos, no es la sal de la vida, sino la vida misma.

La potencia seductora del mercado, fluyendo y lubricando el goce de los cuerpos.
Somos en el marketing, queridísimos amigos.


domingo, 21 de septiembre de 2008

Say no more


Al menos por hoy.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Hoy

Al mediodía extrañé como un marica. A mi novia.
Después pensé:
"El origen de la felicidad es el liberalismo".
Un poco obvio ¿no?

viernes, 19 de septiembre de 2008

Dog Face

Los tipos de migraciones nos maltratan.
Mi padre los patotea.
Tengo que interceder.
Después, en el hotel, busco en la guía el número de Segovia.
Acá está lleno de arte.

martes, 16 de septiembre de 2008

Sobre el oficio más viejo del mundo


De fondo, escucho las canciones de la hinchada de Huracán, o quizás sea la de Newell’s, que juegan su partido en el estadio Diego Maradona. Después de Boca y de Argentinos Juniors, Huracán es mi equipo favorito. Junto con Tigre. Pero ahora no voy a hablar de eso.
Vengo de una conversación con un joven trabajador de la industria editorial argentina. Un pibe honesto, con perspectiva. Que se hizo desde abajo y conoce el oficio. Un pibe que ojalá, en algunos años, dirija una de las editoriales más importantes que hay en nuestro pequeño país. Antes de la charla, estuve leyendo el último y monumental número de El Interpretador sobre el trabajo. Y en el medio de todo esto, cené. Me hice un sándwich mientras veía la mejor telenovela que dan en la televisión. La novela se llama Sin tetas no hay paraíso, y es una bomba. Va por canal 9, creo que a las 22 horas. Pura industria cultural colombiana.
Este contexto de lectura me hizo pensar en los contornos del trabajo que podemos leer, en negativo, tanto en la novela como en Bailando por un sueño. Los cuerpos hiperproducidos de Bailando por un sueño, en base a una estructura melodramática donde hay un soñador, una bailarina y un jurado integrado también por el público, urden una trama donde la gramática del trabajo se desdobla en varios niveles. El soñador es el trabajador digno, digamos, para usar una terminología afín, proletario. Su lugar es marginal. Su acompañante también es una trabajadora, pero su lugar en la estructura productiva es mucho más opaco. Es, quizás, el punto (no tan) oscuro de Bailando por un sueño. Porque todos sabemos, queridos compañeros, cual es el trabajo declarado de las soñadoras: modelos, vedettes, actrices, ex mujeres de. Pero lo más interesante es que todos sospechamos cuál es el trabajo oculto, no enunciado en forma patente, siempre negado o travestido en chiste. La seducción, entonces está ahí. Putas de lujo que pretenden trabajar de otra cosa. Un exquisito catálogo, que cotiza a sus luminarias al ritmo positivista de la masividad. Tinelli, el profeta, ha encontrado el punto ciego de su goce. Aquel que ya había arañado al desposar a una de las entrañables T-Nellys. Madre, puta y empleada. Un combo difícil de resistir.
Pero decíamos Putas: un trabajo que está en el centro de la novela colombiana.
En Sin tetas no hay paraíso, entonces, el trabajo enunciado es la prostitución. La heroína, en este caso, no es un proletario acompañado por una trabajadora que se desdobla, puta y actriz, ex mujer y puta, vedette y puta, sino que es una heroína proletaria, digamos, que se transforma en puta. Lo hace, señores, porque anhela el dinero para las siliconas.
Aquí, entonces, el punto oscuro no está en el secreto que todos compartimos pero nunca termina de enunciarse. Aquí, por el contrario, asistimos a una tragedia social: la puta no es puta por necesidad, sino por egolatría.
¿Pero dónde está el punto oscuro, entonces? ¿Por dónde se absorbe la líbido social necesaria en todo producto cultural que valga la pena? Además de la estructura melodramática, presente en ambos programas, la clave está, de acuerdo a mi limitadísimo juicio, en la fusión de lo social con la naturaleza. La teta, los genitales, son el elemento natural-social por excelencia. Prostituirse para ponerse tetas, entonces, es (era) un movimiento que lleva el signo de la rebeldía contra la naturaleza. O quizás no. Quizás no exista ya rebeldía alguna en el plano de lo sexual. Quizás, el trabajo, tenga la arquitectura misma de la prostitución, y el tratamiento estético sobre ese simple hallazgo sea la seductora obscenidad de la novela. Al igual, lo señalamos, que en Bailando por un sueño. Porque, en el caso de la heroína de Sin tetas…, no es lo social aquello que se impone a lo natural: es lo natural-social que choca con lo natural-social.
Lo que estalla en este choque es el concepto mismo de trabajo. Vuelca. El concepto moderno de trabajo como actividad diferenciada que se opone al ámbito de la subsistencia (o del placer), sirviendo como medio para la misma, se transforma en otra cosa cuando la prostitución es ejercida como fin en sí mismo. Prostituirse para ponerse tetas, en este plano, sería una hiperprostitución. Prostitución al cuadrado. El cambio, entonces, no está en el ámbito del trabajo. El cambio está en la prostitución, que se legitima. Si el sexo es inacapaz de transgredir, la prostitución se convierte en espectáculo familiar. Se normaliza. Y esa normalización es la banquina que muerde el trabajo, en su camino hacia la dignidad (o hacia la revolución).
Ahora bien: sin transgresión sexual, lo que queda del melodrama es, queridos compañeros, la disputa entre el capital y el trabajo. Veamos, entonces, las formas de presentación del capital en ambos programas.
Porque el trabajo, ya lo dijimos, no puede diferenciarse de la prostitución. En ninguno de estos programas. Y, entonces, se diluye.
Un héroe mudo y proletario que acompaña a una asistente artista y puta, una heroína puta que se resiste y en ese movimiento se acopla a lo natural-social. Sus contrafiguras parecen hechas a medida: en el primer caso, un proletario que asciende en la industria cultural y se convierte en profeta. Tinelli, señores. El capital, en este caso, actúa como conductor, es decir como lubricante. Esa es su función manifiesta. No está a la altura de erigirse como árbitro en defensa del más débil (el soñador), sino que manipula el rating. Manosea. No dirime, no hace justicia, queridos compañeros, porque no le conviene. Y no le conviene porque la vaca, ya lo sabemos, está atada. Laissez faire, laissez passer. Liberalismo y escándalo.
En el segundo caso, el capital es un capital narco. La reglas, en el micromundo de Sin Tetas…, las dicta el narcotráfico, con sus intrigas y sus traiciones. Cualquier similitud con los narco-estados latinoamericanos es, amadísimos compañeros, pura coincidencia.
Bailando por un sueño y Sin tetas no hay paraíso son dos de las ficciones más potentes de la actualidad.
El primero, tiene anunciantes de primera línea. Empresas multinacionales.
En las pautas del segundo, un poco más modestas, se ofrecen servicios por telefonía celular. Marcá 1234 y una colegiala te cuenta sus fantasías. Marcá 4321 lolita y una lolita te cuenta su primera vez. Marcá 2314 perras.
Huracán y Newell’s, acabo de comprobarlo, empataron 1 a 1.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Leyendo El juego de los mundos, de César Aira




En el 84, no puedo concentrarme en ninguna lectura. Mucha gente parada. Reviso mi celular, que está en coma. Escribo un mensaje, pero la pantalla se pone negra y lo pierdo. Imagino que mastico tabaco. Después, en el subte A, empiezo a leer la nouvelle de Aira. Me ilusiono un poco al ver los paratextos. Está publicada en 2000 por ediciones El Broche, de La Plata, y como subtítulo dice "novela de ciencia ficción". Pero el efecto dura poco: se trata, otra vez más, de una reflexión metaliteraria. Literatura conceptual, por lo menos hasta la mitad. Anoto los márgenes, subrayo frases. Lista de oposiciones: literatura / contemporaneidad, industria cultural / civilización, literatura / seriedad (densidad política o social), guerra / juego, Adorno / Benjamin (o inteligencia / sistema nervioso), historia / juego, generación de la palabra imaginarizada / antigua cultura letrada. Lo que no se puede enunciar -lo real- como el límite de la imaginación. La literatura se convierte en imágenes; los adolescentes juegan a exterminar mundos a través de un extraño videojuego. Los mundos que se exterminan son reales; las imágenes que quedaron en lugar de la literatura son hiperreales. ¿Cuál de los dos es más real? ¿Cuál más delirante?

Aunque, obviamente, todas estas duplicidades son enunciadas sólo para, en un segundo movimiento que acontece a medida que se solapan entre sí, convertirse en fuente de ambigüedad. Las supuestas oposiciones no son tales; el mundo es complejo; ying y yang, brother.

La literatura es una práctica residual, OK, pero si se apropia del proyecto de las artes visuales puede decir mucho más, cuestionarlo todo, quebar todo el sentido que, nos guste o no, todavía se genera en el lenguaje. Para esto hace falta un proyecto y un genio creador. Y ambos tienen el mismo nombre: César Aira. El conceptualista.

No se trata, vale la pena aclararlo, de que Aira "nos haya cagado" o no nos haya cagado. Aira no cagó a nadie porque sus textos son parásitos de un género literario muy especial, un género literario de los pocos que poseen un público cautivo: la monografía académica. Aireanamente, para saber de Aira sería más últil leer las sesudas monografías de los estudiantes de letras que las propias novelas de Aira.

Es mentira eso de la levedad, de la felicidad, el mito del regocigo que produce el "derroche imaginativo" de Aira. Lo que "el dispositivo Aira" produce son monografías. Y él, inteligente -genio-, lo sabe. Ironiza sobre eso, y esa es, en el fondo, la verdadera fuente de esa melancolía festiva que puede leerse en toda su obra.

Es cierto que el deseo de escribir una monografía puede ser más importante que la monografía misma. Aira produce ese deseo; y en ese sentido es y no es un viejo vanguardista. Los viejos vanguardistas también pensaban en términos de proyecto total, pero su deseo era, en un punto, alterar los estados de conciencia o las categorías perceptivas de los "activos" espectadores que se enfrentaban a sus obras. El de Aira no. Aira no quiere alterar ni conmover; no busca un replanteo, sino una fina ironía que haga sentir a sus lectores profesionales el regocijo tórrido que produce el racismo de la inteligencia, del cual la facultad de letras es la principal diseminadora.

Posicionado en esa ambigüedad, nuevamente, la dichosa ambigüedad que nos hace más sabios, la indecidibilidad, como dirían ciertos teóricos del fenecido postestructuralismo, Aira sin embargo se burla de la industria editorial.

A modo de hipótesis, podemos decir que sus "novedades", o sus apuestas más fuertes, salen por editoriales pequeñas e "independientes". Tal es el caso de El juego de los mundos. Mientras que sus libros más pavos, o sus reescrituras de libros malos, salen por sellos importantes.

Con el tiempo, tal vez sea ese el mejor legado de Aira: su concepción total de la práctica literaria como una experiencia que no termina cuando se cierra el archivo de word y se lo manda al editor, sino cuando el libro circula y choca con la industria, el mercado, los lectores.

El mejor, o, tal vez, el único.