Levántate y anda

martes, 13 de enero de 2009

Catch



Buscando fotos para ilustrar la excelente crónica de mi amigo Diego Vecino en Haciaelbicentenario, me encuentro con esta noticia del Diario El Mundo, supongo que de 2006, aunque en realidad no importa:

Una pelea de mujeres bolivianas. Cobran entre 30 y 50 dólares por combate, no tienen asistencia sanitaria y se juegan la vida, a veces con sus hijos delante, en cada asalto. Los espectadores de El Alto, ciudad dormitorio de La Paz, pagan un euro por ver a mujeres indígenas aimaras –raza del presidente Morales– golpearse con “occidentalizadas” hasta límites crueles.


«Con la desesperación por ganar y contentar al público, todo vale. Usamos latas para cortarnos, tablas, cajas para apalearnos. El árbitro suele estar de parte de las rudas (malas) y no de las técnicas (buenas). A veces, nos pega hasta él y no hay un compañero masculino que se meta a defendernos. No deberían darnos golpes bajos, ni maltratarnos los senos, pero se hace».


Desde Barthes, se sabe que el catch escenifica mucho mejor que el fútbol y otros deportes ciertas tensiones sociales, o, como le gustaría decir a un amigo con cierta pompa, "los engranajes invisibles que mueven la historia cotidiana". Igual, más allá del miserabilismo invertido de los periodistas que hicieron la nota, las fotos de las bolivianas castigándose me fascinan, no por crueles, sino por hermosas.

Hace alrededor de un año, estuve en Guadalajara mirando una pelea de catch en la arena que supuestamente era menos "mainstream". Me había comprado un refresco de tamarindo para mezclar en un vaso de litro y medio de cerveza (altamente recomendable), pero a pesar del alcohol y de los gritos de mis compañeros de platea, el espectáculo fue decepcionante. Los luchadores apenas se tocaban, y el desenlace obvio, donde dos mexicanos se tiraban juntos desde las cuerdas y con los codos en punta sobre el gringo rubio y gigante, ni siquiera fue muy festejado. En todo caso, en ese ring de Guadalajara, la capital de Jalisco, el corazón mismo de la mexicanidad, se sabía de antemano que lo importante no era la lucha sino los sentidos que los espectadores movilizaban. Nunca voy a olvidarme el estallido de familias enteras, chinga tu madre, hijoeputa, de mujeres con vestidos floreados y tipos de pantalones de lino, labios pintados y bigotes prolijos que en cualquier otro momento hubieran evitado la confrontación aunque les costase el dedo meñique. Estaban realmente sacados, y en un momento empecé a insultar yo también. Lo notable es que en el fulgor de la catarsis colectiva, los mexicanos y no yo, que sólo puteaba a los gringos, se la agarraban con todos, absolutamente con todos, incluidos los tipos que tenían en la platea de enfrente. No hinchaban por el mexicano, sino que le decían flojo, gordo chaparro, inútil, cornudo, y muchas cosas por el estilo no sólo al árbitro, sino a su vecino, o a su jefe, o a su conciudadano, al tipo que les vendía las aspiradoras en el shopping. Muchos tenían petacas de metal, forradas en cuero. Petacas llenas de tequila que se vaciaban al ritmo de las puteadas y la pantomima de una verdadera guerra social.


Si bien el resultado era el mismo que en Bolivia (en ambos casos, la cipayez termina derrotada en manos de los locals), y si bien los periodistas miserabilistas exageran, se me ocurre que la violencia presente en el catch de El Alto (a 4.100 metros sobre el nivel del mar) no se limita ni a la tradición de por sí violenta del pueblo boliviano, ni a las condiciones de vida mucho peores en El Alto que en la de a momentos pujante Guadalajara, ni al machismo alla boliviana, donde la escenificación requiere de cuerpos femeninos para no devenir tragedia. Habría, pensando con la rapidez que amerita esta superficie, otros dos factores que habilitan el paso del simulacro (o la seducción) a la violencia, y del hobbesianismo mexicano al hochiminhismo boliviano.


Hablamos, queridísmos, de la ya archirepetida traición de la líbido por sobre la política (argumento refritado por cínicos y simplistas a la hora de pensar la lucha armada no sólo en nuestro país, sino entendida como Gran Engranaje de la Historia): los bolivianos quieren ver sangrar a la luchadora gringa porque la desean. Si no hay sudor ni sangre, el sexo no es real, es pornografía, o sea, es hiperreal, y cualquiera sabe que la pornografía no puede ser consumida en conjunto porque, como la literatura, reclama un goce individual. Los mexicanos también desean a la gringa, pero al menos pueden acceder a ella en un plano simbólico, la aspiradora que compran en el shopping a 36 cuotas, y por eso travisten el sacrificio en simulacro.


Este primer nivel, sin embargo, se solapa con otro, quizás menos esencial que la contraposición entre la economía libidinal del neoliberalismo mexicano y el Evismo. Queridísimos, nos referimos a la valorización internacional del espectáculo turístico. Desfavorecida por la historia y la naturaleza, la localidad de El Alto puede ofrecer al mercado del turismo aquello que los luchadores mexicanos no están dispuestos a entregar: sangre, basura y lágrimas reales. Que, como cualquiera sabe, cotizan alto en la Bolsa del Turismo Libidinal (BOTUL).


Nos extenderíamos sobre este punto, pero ahora debemos rescatar al Volquermóvil.