Levántate y anda

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miércoles, 7 de enero de 2009

Traslasierra

..."Pero nunca he sabido la respuesta a esas preguntas, jamás le he pedido a nadie que me diera su respuesta. Aunque probablemente la respuesta es simple: es la vida baja, cierta frialdad que hay en todos nosotros, cierto desamparo que hace que no entendamos bien la vida cuando en rigor la vida es pura y simple, que hace que nuestra existencia sea una frontera entre dos nadas, y que nos hace ser idénticos a animales que se cruzan en el camino: implacables, vigilantes, carentes de paciencia y de deseo".

Richard Ford, "Great Falls", en Rock Springs.

Ahora que lo releo, no me parece tan brillante. Me hace pensar en Sarte, cierto existencialismo que campea en el humus sentimental de mi ethos social: leer los tres tomos de los caminos de la libertad cuando uno está en cuarto año y se cree nihilista e insensible. No sé. Igual, lo recomiendo. Leer a Richard Ford en medio de las sierras, con un vaso de Fernet tibio bien cargado junto a la reposera. Para el que haya boxeado, cada frase es uno de esos cortitos que te comen la fibra de los brazos.

lunes, 13 de octubre de 2008

Mi auto y yo


Mi viejo Ford Orion es un auto que nunca va a ser vintage.
No me molestan sus bollos, la suciedad de los vidrios ni la puerta despintada. El tiempo y el maltrato lo contaminaron de un aura que su diseño cuadrado y neutro nunca tuvo, ni siquiera cuando era cero kilómetro y no nos conocíamos.
A veces, pienso en ponerle unos cuernos de buey en el capot, encima de la parrilla. Dos cuernos separados por las vueltas de una soga áspera que raspe la piel.
Siento que me lo pide a gritos, y en esos momentos un violento sentimiento de cariño hecho de hierro y plástico y gomaespuma húmeda y grasa y aceites y líbido mal enfocada se derrama sobre el cuero caliente del volante.
Mi auto tiene la cara de un tipo que trabajó toda su vida bajo el rayo del sol, en un paisaje sin agua, con el viento que clava sus garras detrás de las orejas de la gente protegido por la indiferencia de los cables de electricidad y de todo lo demás.
Las mejillas de mi auto contenidas por dos arrugas donde el alcohol encuentra su reposo.
Cuando chocamos huesos y puertas crujen como si bailaran descalzos sobre cubitos de hielo. Es una especie de complicidad, y él la interpreta como la prueba fehaciente de que no está muerto.
Hace un tiempo pensé en venderlo. Fue una idea vaga y antinatural que todavía me produce culpa.
Mi viejo Ford Orion me la recuerda cada vez que arrancamos. Es una vibración. Entonces, le prometo que no.
Que por ahora no.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Parrillas libres



Adoro entrar a esos paraísos rústicos, siempre fríos o demasiado calurosos, de sillas incómodas y ventanales amplios y manteles de papel. Masticar mollejas rodeado de meseras estudiantes de teatro, que esquivan mesas con una belleza de caderas inyectadas con rocanrol suburbano. El pan, siempre exquisito, funciona como señuelo. Hay que resistir. Me fascina el combate moral de la parrilla libre. Si todo está permitido, el exceso es una amenaza tangible. Es muy duro: nunca se sabe cuándo vamos a volver. Cualquier cálculo se vuelve imposible, y el atávico miedo al hambre se hace más intenso. La gula se transforma en una lucha donde cada comensal es un cómplice y un enemigo. Comer en una parrilla libre es naufragar en un final de fiesta que se dilata antes de haber empezado.

La carne está ahí: todo está a la vista. Si Puerto Madero es la Buenos Aires elitista del aluminio y el metal, si es la fortaleza privada de la burguesía solidaria del arte y el diseño, del iphone y los tomates cherry, las parrillas libres son los quistes pauperizados y festivos donde los contornos de las clases medias todavía sueñan el ascenso social. Son la resistencia a la frivolidad gourmet, la sombra negra de los McDonald’s. Un hachazo a los tobillos del vegetariano indeciso.

Las mejores parrillas libres que visité quedan en Paternal, en Liniers, en Floresta o en Mataderos. Por lo general, tienen una vida útil de dos o tres años. Después las cierran. Las venden. O el dueño echa a todo el mundo y se presenta en concurso de acreedores.





Publicado o a publicarse en la excepcional revista Lamujerdemivida


martes, 9 de septiembre de 2008

Immanuel Kant, o el yomanguismo avant la lettre



Hace unos años, en Villa Gesell, con unos amigos fuimos al supermercado a comprar elementos para un asado nocturno en el quincho del edificio. Era una tarde apenas ventosa y todavía teníamos ganas de quedarnos en la playa, pero igual fuimos a hacer las compras porque el ritual empezaba desde ahí: pelearnos en las góndolas de bebidas, hacer la fila, dejar el changuito tirado por la calle, comernos algo mientras comprábamos, si se podía llevarnos un queso entre la ropa para picar mientras se preparaba el fuego.
Eramos una especie de nube de langostas en miniatura, todas bastante grandes en realidad, sedientas de fernet.
Ese verano todo parecía ser lo último.
Teníamos miedo de que la adultez o lo que mierda fuese nos pasara por encima como un Scania en el medio de la ruta de la muerte donde volqué hace apenas unos meses.
Después del asado, íbamos a jugar al truco. O al póker.
Y después, si daba. íbamos a salir.
La cuestión es que la chica de la caja se olvidó de cobrarnos. Eran más de cien pesos en mercadería.
Ahí empezó la pulseada ética. Y como en toda disputa que se precie, se armaron dos bandos.
El ala kantiano-conservadora, con un porro entre los labios, opinaba que había que ir y pagar. Sus argumentos iban desde la culpa liberal-cristiana hasta la corrida por izquierda con que a la pobre chica se lo iban a descontar del sueldo.
El ala rapiñero-nietzscheana, con un porro entre los labios, señalaba que no, que la pérdida era de ese supermercado de mierda que sobrevivía gracias a la especulación financiera y a la extorsión y la estafa a los pequeños proveedores, y que si el sindicato de la cajera no podía defenderla de esa equivocación se jodieran por burócratas y por ineptos.
Cuando se terminó el cannabis, ganó el ala kantiana. Fueron a pagar. El resto nos quedamos haciendo el fuego.
Comimos todos juntos, tomamos mucho alcohol. Y la discusión ética, como toda discusión ética que se precie, devino chicana.
Robar libros no es más legítimo que robar comida. Sin embargo, el mito dice que no pueden meterte preso por robar un libro.
Robar libros es más fácil que robar comida. Hay muchas técnicas. Con googlear Yomango – El libro rojo de Mao salen unas cuantas.
No digo que esté bien ni que esté mal.
Pero salir a condenarlo siempre me pareció una actitud buchona.
Igual que decirle a tu pibe que las cosas están bien porque están bien o están mal porque están mal.
Igual que robar sin mirar a quién le robás.