Levántate y anda

domingo, 14 de septiembre de 2008

Parrillas libres



Adoro entrar a esos paraísos rústicos, siempre fríos o demasiado calurosos, de sillas incómodas y ventanales amplios y manteles de papel. Masticar mollejas rodeado de meseras estudiantes de teatro, que esquivan mesas con una belleza de caderas inyectadas con rocanrol suburbano. El pan, siempre exquisito, funciona como señuelo. Hay que resistir. Me fascina el combate moral de la parrilla libre. Si todo está permitido, el exceso es una amenaza tangible. Es muy duro: nunca se sabe cuándo vamos a volver. Cualquier cálculo se vuelve imposible, y el atávico miedo al hambre se hace más intenso. La gula se transforma en una lucha donde cada comensal es un cómplice y un enemigo. Comer en una parrilla libre es naufragar en un final de fiesta que se dilata antes de haber empezado.

La carne está ahí: todo está a la vista. Si Puerto Madero es la Buenos Aires elitista del aluminio y el metal, si es la fortaleza privada de la burguesía solidaria del arte y el diseño, del iphone y los tomates cherry, las parrillas libres son los quistes pauperizados y festivos donde los contornos de las clases medias todavía sueñan el ascenso social. Son la resistencia a la frivolidad gourmet, la sombra negra de los McDonald’s. Un hachazo a los tobillos del vegetariano indeciso.

Las mejores parrillas libres que visité quedan en Paternal, en Liniers, en Floresta o en Mataderos. Por lo general, tienen una vida útil de dos o tres años. Después las cierran. Las venden. O el dueño echa a todo el mundo y se presenta en concurso de acreedores.





Publicado o a publicarse en la excepcional revista Lamujerdemivida


viernes, 12 de septiembre de 2008

ORTEGA



Cuando el hambre de una sierra eléctrica
manejada por las manos carniceras
de una parca rubia
vino a barrenar sobre las piernas
a mordisquear las sagradas piernas
del Hombre que inventó la cocaína
Ariel Arnaldo Ortega estuvo ahí

Ese día lloré mucho
en la puerta del colegio

En el mundial 94
Ortega fue el único que no bajó los brazos
en un equipo de estrellas blandas y cagonas
embotadas por los gases tóxicos
de los gorritos visera
de Visa y Mastercard

Dijo Ortega,
tras gambetear un ejército de gurkas que se le venían encima
desde el fondo de una damajuana
con sus gambas de gurkas y sus narices respingadas
blancas, las narices,
incapaces de preveer los enganches del demonio de Ledesma
gambas gurkas de chicle estirándose, enredadas
entre las piernas de un diablo de Ledesma,
que sonreía como el azúcar quemada
por el sol que todavía se descarga sobre su espalda
que sigue dando vueltas por un ingenio abandonado

Dijo Ortega,
tras pegarle un merecido cabezazo a un gigante culoroto
que se le rió en la cara,
y cansado de que los surtidores de nafta, de que los periodistas,
de que los mentirosos que esperan el transfer para Europa
le palmearan la espalda en los vestuarios,

Ortega dijo:
“Yo no necesito a nadie que me cuide”

Después besó su camiseta de River,
la guardó en un bolso,
y se fue.

jueves, 11 de septiembre de 2008

White Zombies


Ayer, mientras aguerridos compañeros resistían un día más en la toma de las 4 sedes de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA en reclamo de mejores condiciones edilicias para seguir estudiando, un extraño conjunto de diletantes, groupies culturales, bloggers de difusa ideología, lectoras de Alan Pauls, editores “independientes” y otros sujetos de calaña semejante entre los que me incluyo se dieron cita en la Boutique del Libro de Palermo para discutir, o mejor dicho para mirar discutir, o mejor dicho para escuchar una charla amable y civilizada entre Alberto Díaz, editor general o algo así del grupo transnacional Planeta, y los escritores Alan Pauls, palermitano y afectado, y Fabián Casas, boedista. Los coordinadores eran Damián Tabarovsky, ideólogo de la actualmente en remate Editorial Interzona, y el dueño de la librería, Fernando Pérez Morales.
Lo primero que hay que decir en favor de esta iniciativa es que el temario prometido era tan amplio como sugerente. Lo segundo es que el lugar estaba lleno, por lo que se percibió una ligera euforia por parte de los organizadores. Lo tercero es que la coordinación, en la medida de lo posible, fue adecuada.
El debate, por su parte, apareció en cuentagotas. Pero también hay que reconocer que la intención estuvo. El mismo Tabarovsky chicaneó un poco al principio, cuando dijo que se reeditaba el mítico enfrentamiento entre Florida -o Palermo Anagrama- y Boedo -o el boedismo, testimonio fehaciente de cierta derrota cultural de Boedo-.
Aunque quizás, en el fondo, tampoco era tan importante que ese debate que apareciera. Lo importante era hacer un “evento exitoso”, algo tan de moda y al mismo tiempo tan arraigado en las tradiciones culturales de la pequeña burguesía intelectual porteña. El contacto por el contacto mismo. En la siempre patética bohemia universitaria se empieza con un grupo de estudio, y el sumum llega o bien con la institucionalización, es decir con la absorción por parte de la burocracia académica, o por medio de la organización de unas jornadas, de ser posible en la Biblioteca Nacional. En la militancia de la poesía, esto es, en la única militancia que afortunadamente le quedó a un muy pequeño número de personas que se dedicaban a leer, escribir, criticar y publicar poesía durante décadas recientes, el ritual distintivo de apertura hacia lo público eran las lecturas. Costumbre heredada, ciertamente, por los jóvenes narradores. Que devino, asimismo, en un ethos autonomista cerrado al circuito chico, donde la ética romántica campea a troche y moche. Y donde, también, se recupera una mística punk y festiva que surge del cruce con la herencia cultural abonada por la resistencia rockera durante la dictadura. Duplicidades. Pero la intensidad y la socialidad horizontal de muchos de estos eventos no estuvo presente en la Boutique del Libro. La reunión, a fin de cuentas, era un evento de marketing literario con buena voluntad cultural. Un arañazo para, entre otras cosas, seducir a esos esquivos lectores de Palermo, tan codiciados por todas las editoriales. Editoriales incluso capaces de bañarlos en pizza con champagne, con la infantil y por eso tierna fantasía de que eso llegará a trocarse en favores monetarios.
Personalmente, prefiero estos eventos antes que las reuniones de floggers que se producen en el barrio del Abasto.
Aunque, quizás, no sean tan diferentes.

Pero focalicemos, compañeros, en el marketing literario. Una actividad ejercida con prestancia por profesores, bohemios y talleristas más o menos marginales. Un marketing que ayer tuvo en Alberto Díaz a su representante más conspicuo, y por eso, más honesto. La hipnótica claridad del señor Díaz, de quien pocos jóvenes escritores se animarían siquiera a pronunciar el nombre, fue conmovedora. Fue memorable, mis queridos compañeros, el momento en que, frente a las mistificaciones románticas del señor Casas, Díaz declaró que todos los escritores pensaban en el público, en el mercado y en la recepción de sus obras. Apoteósica.
Esto no es óbice, amigos míos, de que el señor Casas, imagen marcaria de esa estructura del sentir que por pereza intelectual denominaremos boedismo -no confundir con el antiguo grupo de Boedo, repetimos-, haya sido el disertante más carismático, y, por llamarlo de alguna forma, el más cercano a lo que el traumadísimo Jacques Lacan llamaría nuestras identificaciones imaginarias. Casas es un tipo en el cual, disculpen la categoría, se puede confiar. Su libro “El Salmón” es, sencillamente, extraordinario. Dio un poco de lástima entonces, por así decirlo, verlo convertido en un White Zombie más. Quizás haya llegado el momento de reclamarle, en virtud de su potencial, unas cuantas cosas.
Dieron un poco de pena, también, sus coincidencias con Alan Pauls. Otro tipo con un libro, El Pasado, que a pesar de todo, condensa fuertes zonas de la experiencia social de una generación. Ambos declararon que Marcelo Tinelli, el profeta positivista de la realidad nacional, está destruyendo al país. Cuando es claro, queridos lectores, que Tinelli nos está salvando. Cuando es claro que su reinado tiene el peso fáctico de las toneladas de soja que los chacareros triunfantes transforman en felicidad para el pueblo.
Marcelo Tinelli, entonces, como nuestro futuro prócer, como el gratísimo ingeniero social que hibrideces y modernidades nunca nos pudieron otorgar.
Las coincidencias, en este plano, delatan el peso de una hegemonía. El hecho de que el tema más álgido haya sido el estatuto de los blogs (Casas a favor en un ejercicio de condescendencia, Pauls en contra en base a un trotskismo idealista donde se reclama más a las superficies de lo que la base social real de las superficies son capaces de dar), delata una hegemonía. La división jerárquica entre géneros (en la caja roja, la literatura, en la caja negra, el periodismo, la crónica y el ensayo), también. Como así lo hace la exaltación paternalista hacia las editoriales independientes, de las que la mayoría de quienes hablaban tenían una idea bastante somera, por ser generosos. Otro tanto para que todos, pese a las reservas de Díaz, se subieran al pequeño pony de pedir “lectores más trabajosos”, en sintonía con la obsesión del amigo Tabarovsky de recuperar la crítica afrancesada yuxtapuesta con la reflexión de la academia norteamericana sobre las artes visuales como garantía de contemporaneidad. Y la extraordinaria proliferación de blanquísimas, blancas categorías zombies.
Gratas coincidencias, amigos, en una tibia noche de Palermo.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

El huracán Ike se detiene en Cuba



El huracán Ike azota las playas de Cuba
como Ike Williams azotó las mejillas del mono Gatica

La revolución, en cambio
acaricia las nalgas de las chicas que tienen fotolog
y se va
a su cuarto
a mirar Sony Entertaninment Channel
con los lacrimales húmedos
coca zero tibia a un costado de las pantuflas
y unas ojeras apenas maquilladas
pensando que necesita
conversar por teléfono con alguien que la entienda

El museo de la revolución no sé
iba a ir
pero estaba cerrado
entonces fui a un bar y me comí una milanesa de cerdo
mientras pensaba
qué comerían los cerdos
en Cuba

Cuba es el lugar
donde visité el acuario
más sucio del mundo

Mi viejo no
al segundo día se deprimió
y se quedó tirado en la cama
hasta que nos fuimos

yo le llevaba sanguchitos de salame
y ron solo
porque la gaseosa cubana
no le gustaba ni un poco

En el avión recuperó el humor
yo no
yo me quedé pensando en esas putas y putos tristes
que yiraban
por el Malecón

martes, 9 de septiembre de 2008

Immanuel Kant, o el yomanguismo avant la lettre



Hace unos años, en Villa Gesell, con unos amigos fuimos al supermercado a comprar elementos para un asado nocturno en el quincho del edificio. Era una tarde apenas ventosa y todavía teníamos ganas de quedarnos en la playa, pero igual fuimos a hacer las compras porque el ritual empezaba desde ahí: pelearnos en las góndolas de bebidas, hacer la fila, dejar el changuito tirado por la calle, comernos algo mientras comprábamos, si se podía llevarnos un queso entre la ropa para picar mientras se preparaba el fuego.
Eramos una especie de nube de langostas en miniatura, todas bastante grandes en realidad, sedientas de fernet.
Ese verano todo parecía ser lo último.
Teníamos miedo de que la adultez o lo que mierda fuese nos pasara por encima como un Scania en el medio de la ruta de la muerte donde volqué hace apenas unos meses.
Después del asado, íbamos a jugar al truco. O al póker.
Y después, si daba. íbamos a salir.
La cuestión es que la chica de la caja se olvidó de cobrarnos. Eran más de cien pesos en mercadería.
Ahí empezó la pulseada ética. Y como en toda disputa que se precie, se armaron dos bandos.
El ala kantiano-conservadora, con un porro entre los labios, opinaba que había que ir y pagar. Sus argumentos iban desde la culpa liberal-cristiana hasta la corrida por izquierda con que a la pobre chica se lo iban a descontar del sueldo.
El ala rapiñero-nietzscheana, con un porro entre los labios, señalaba que no, que la pérdida era de ese supermercado de mierda que sobrevivía gracias a la especulación financiera y a la extorsión y la estafa a los pequeños proveedores, y que si el sindicato de la cajera no podía defenderla de esa equivocación se jodieran por burócratas y por ineptos.
Cuando se terminó el cannabis, ganó el ala kantiana. Fueron a pagar. El resto nos quedamos haciendo el fuego.
Comimos todos juntos, tomamos mucho alcohol. Y la discusión ética, como toda discusión ética que se precie, devino chicana.
Robar libros no es más legítimo que robar comida. Sin embargo, el mito dice que no pueden meterte preso por robar un libro.
Robar libros es más fácil que robar comida. Hay muchas técnicas. Con googlear Yomango – El libro rojo de Mao salen unas cuantas.
No digo que esté bien ni que esté mal.
Pero salir a condenarlo siempre me pareció una actitud buchona.
Igual que decirle a tu pibe que las cosas están bien porque están bien o están mal porque están mal.
Igual que robar sin mirar a quién le robás.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Los mitos y la birra, o algunas razones para tomar Schneider, además de que en los chinos de mi barrio la venden a $ 1,70


El otro día, después de leer un post del Kameyo en La Contrarreforma, pensé que el mejor relato de lo nacional, desde que tengo memoria, nació de las publicidades de la cerveza Quilmes. El mito argentino, según Quilmes, se desdoblaba en dos: por un lado, un pasado lleno de bríos que se truncó de alguna manera en la que no valía la pena ahondar porque lo importante era la posibilidad de recuperación. Maradona cayéndose en el glorioso gol a los belgas en México 86, el granero del mundo.
Por otra parte, un presente donde la modernidad a las patadas era recuperada en tono festivo por la épica clasemediera sustentada en el mito de la singularidad. La gran mayoría de los países latinoamericanos creen que su “cerveza nacional” es la mejor del mundo; Quilmes nunca dijo ser la mejor cerveza. Estaría bueno preguntarse por qué, si hace diez años tenía las credenciales para hacerlo. Lo interesante, sin embargo, es que su operación era más bien una extrapolación de imágenes del paraíso clasemediero (los amigos, las pizzerías, el calor humano, la amistad, los berretines, el sabor del encuentro) como emblema de lo nacional, y, desde esta plataforma, una proyección hacia el resto del mundo con el fútbol como caballito de batalla. Hacia adentro, la comunidad porteña como universal irrenunciable, hacia fuera, la épica de ser los más habilidosos (Maradona), los más dotados, pero también los que ponen más huevos, porque en el fondo todos sabemos muy bien, y sino pregúntenle al Loco Bielsa (siamés no reconocido de José Luis Machinea), que los mejores son otros y usan una camiseta amarilla de cuellito verde.
Sin mito, no hay marketing que aguante.
Quilmes nunca habló como un sponsor oficial de la pasión. Siempre habló como la pasión misma.
Por eso las narraciones de Quilmes eran tan performativas y sus publicidades más de una vez me hicieron humedecer los ojos frente a la tele. ¿Querés Trainspotting? ¿Te comiste la del pop inglés en un sótano de Congreso? Acá hay clientelismo político papi, y las drogas nos llegan quince años más tarde y bien administradas. El peronismo, otra vez, como el hecho maldito del marketing argentino. Mi hermano, que ahora galopa el baby boom boom kid kirchnerista, tenía un casete grabado con cosas de Blur, Supergrass, Pulp y todo eso, y al final el tema de la propaganda de Quilmes.
Gol, gol, gol, en tu cabeza hay un gol.
This is hardcore.
Porteñidad, decíamos. Lo que en el ocaso del neoliberalismo como sistema económico y moral aparecía en la forma de un pibe que se iba a levantar checas a Europa pero añoraba a su chevecha, se reconvirtió rápidamente en la celebración costumbrista de un ethos. Ahí tenemos una elaboración del trauma (el exilio forzoso de los chicos de clase media pauperizada del gobierno de De la Rúa) por medio de la erotización y la nostalgia. De ahí a la glamurización de las privaciones hay un paso. Es lo que pasó en el comercial ese de la playa, filmado por la agencia del hijo de Armando Bo, y en el que seguro que participó otro Fogwill, Andy, el hijo, que trabaja de director publicitario. Si ya no podemos irnos a Cancún o a Miami, no importa, porque el verano en realidad es folklore, es la comunidad por fuera de trabajo, es la seducción, los amigos. La comunidad imaginada por el liberalismo. El verano es Quilmes. La nación, el mito, es el verano. ¿O es Quilmes?
El reclamo del resurgimiento de una burguesía nacional anidaba también en esa historia de amor donde el escenario privilegiado era de nuevo la playa. A Europa se va a coger rubias liberadas, a Miami se va a comprar minicomponentes Aiwa de dos toneladas, a Cancún se va a ver peces de colores. A Mar del Plata se va a enamorarse. El encuentro entre el capital y el trabajo ahora sí es posible, porque en las playas argentinas es donde puede producirse el verdadero acontecimiento, ese que según dicen retramita la gramática de lo real y la geografía de los cuerpos.
Y entonces, cuando parecía que el ente podía llegar a reconciliarse con el ser, cuando la burguesía cervecera podía apostar por un modelo de país, vino la hecatombe.
A Quilmes la compraron los de cuellito verde. En realidad la compró AmBev, la filial brasilera de ImBev. AmBev es Brahma, Imbev es Stella Artois, entre muchísimas otras. En 2006, un grupo belga-brasileño paga 1200 millones de dólares y se queda con el 91% del paquete accionario, del cual ya había comprado el 35% en 2002, mientras fusilaban a un par de piqueteros y con ellos a los sueños infantiles del autonomismo.
Ahí, en 2002, empezó la debacle de la marca. Un poco después. Cuando empezaron a negociar la compra total, supongo.
Los belga-brasileros sabían que a partir de que se hiciera pública la compra de la otra parte de la tarasca se les iba a hacer muy difícil comunicar nacionalidad.
Bastante difícil.
Isenbeck ya los había chicaneado en 2002.
Tal vez no sea importante, pero los tipos de marketing son así.
La estrategia que tomaron entonces fue mediocre. Por un lado, hicieron mierda a Quilmes. Cada vez menos aparición en los medios, baja en la calidad del producto. A esto lo hicieron porque Quilmes, en un caso bastante común entre las “cervezas nacionales” de los países latinoamericanos, hegemonizaba un espectro de representaciones que iba desde el discurso popular, en nuestro país encarnado por el aguante, y el deseo mundializador y modernizante, posmoderno en el sentido trivial de la palabra, de las clases más favorecidas. Esa duplicidad salía en cualquier focus y llevaba a Quilmes a un dominio bastante importante del mercado. Como no iban a poder comunicar más nacionalidad, la quebraron. Stella para los chetos, peleándole a Heineken, y Quilmes ahí, residual, compitiendo con la Schneider y con la Brahma, reducida a su consumo popular y más clásico.
Chau mito. Polarización.
Quilmes se quedó un buen tiempo en las sombras.
La burguesía nacional, en este caso, no estuvo a la altura de las circunstancias.
Los hijos de Otto Bemberg metieron la guita a plazo fijo o hicieron edificios en Palermo.
Hoy, en un golpe de timón, comunican historia. El valor de que “siempre estuvo ahí”, más allá de que sea o no sea argentina.
Fogwill, que les había “inventado” el slogan según cuenta otro mito, trabaja de asesor cultural de Macri. Su hijo, por lo menos, seguirá trabajando para Quilmes, yendo a raves en Rio de Janeiro en un jet privado, a las dos de la mañana.
Lo peor de todo es que el otro día, en un bar, la moza nos ofreció Stella o Quilmes. Un pibe contestó rápido y dijo Quilmes, traeme Quilmes. La Stella es la cerveza de los intelectuales.
Y tenía razón.

domingo, 7 de septiembre de 2008

RIQUELME


Nadie lo sabe,
pero Riquelme
sufre terribles dolores de cabeza
Riquelme es un genio que padece su destino de genio
y ese dolor, que es como el llanto de sus 14 hermanos amplificado
loopeado,
desparramado como el sonido de una turbina herida
en el corazón de una represa que arrastra el barro de la historia
es imposible de callar

La cabeza de Riquelme es una jaula de mascotas
una jaula de plástico con una reja de metal con muescas de óxido del conourbano
de Don Torcuato
de la villa que hay a la entrada a Don Torcuato
y ahí adentro
hay tres murciélagos rabiosos que se pegan dentelladas
y los dientes en la carne, y el chasquido de la espuma de la rabia
relampaguean en la mente de Riquelme
y le bajan
desde la punta de los dientes
hasta la raya del culo
en cortocircuito

Su único analgésico es la cumbia
cumbia explosiva y romántica,
cumbia de conchitas transpiradas,
zigzagueantes como los amagues de Riquelme
la cumbia que se escucha cuando no queda nadie
cumbia triste y explosiva, que baja por los auriculares
en cualquier vestuario,
en los micros o en las concentraciones
cumbia para no escuchar las palabras de un ingeniero careta
y para colmo chileno
cumbia para amasar la cabeza de un ingeniero chileno
debajo de la suela,
al ritmo de la cumbia,
para dormirlo bien y que cierre los ojos,
y que sueñe,
y no ver esos ojos de murciélago chileno

¿Cómo querés que Riquelme
que tiene 14 hermanos
que fracasó en Barcelona porque es lento
y porque no se banca una ciudad sensible
una ciudad donde la guita se aspira el barro seco de la historia
donde los tipos se creen parte de una raza mística
cuando ni siquiera les da para ser vascos
cómo mierda querés que Riquelme
aguante las boludeces de un pendejo malcriado
hijo único,
que juega a la playstation todo el día
y corre a cien kilómetros por hora?

No me importa si Riquelme
tiene o no tiene que jugar
en la selección
Quiero verlo patear un tiro libre
que acomode la pelota y su cara ancha,
su cara pecosa con las marcas de una masacre paraguaya
acomode la pelota vomitando uno de esos garzos
filosos y chiquitos como astillas de vidrio
y después le pegue
con poca carrera
que la pelota vuele por el cielo y Riquelme festeje su corrida torpe,
tambaleante,
las manos en las orejas y la sonrisa turbia por el ruido
de los miles de murciélagos

Quiero que la hinchada abra la boca para tragarse
los cientos de millones de murciélagos que salen
de sus orejas